El lugar de la fiesta era una exclusiva y discreta finca privada a las afueras de Valdemar. Al caer la noche, la entrada estaba custodiada por guardias de seguridad, mientras una procesión de autos de lujo de las mejores marcas comenzaba a llegar.
Eliana se bajó de una camioneta Toyota ejecutiva y, a lo lejos, divisó el inconfundible Maybach negro de Manuel Romano. Caminó hacia él.
Al verla, Manuel frunció el ceño de inmediato: —¿No te pusiste el vestido de alta costura que te preparé?—
—¿Qué vestido?— Eliana parpadeó, desconcertada.
—Hice que te lo enviaran al estudio a primera hora de la mañana—.
Eliana sacó su teléfono y recién entonces notó las llamadas perdidas del estudio. Seguramente no las había escuchado. Con tono neutral, respondió: —Hoy no fui al estudio—.
Al ver su actitud, Manuel frunció aún más el ceño y llamó a su secretario: —¡Ve al estudio y trae el vestido de inmediato, rápido!—
Tras colgar, sintió una punzada de irritación. Era la primera vez que decidía llevar a Eliana a un evento de este nivel, y ella no le daba la importancia debida, fallando en los detalles.
Eliana notó su expresión y no se quedó callada: —Señor Romano, si siente que mi atuendo lo avergüenza, me voy ahora mismo. Para la próxima, no se moleste en invitarme a este tipo de eventos—.
Esa noche, Eliana llevaba un elegante vestido de terciopelo verde esmeralda, de corte impecable y sin adornos excesivos. Su único accesorio era un broche de pedrería fina. Los diseños más simples suelen ser los más exigentes, pero el color resaltaba su tez luminosa y radiante, dándole un aire de innegable sofisticación y elegancia.
Manuel, desarmado por su respuesta, se quedó sin palabras por un segundo: —Eliana, no quise decir eso. Olvídalo, entremos primero. Cuando llegue el vestido, te cambias—.


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