C71-YO LO ESTOY DECIDIENDO
Mariam caminaba de un lado al otro de la habitación sin poder parar.
Cinco pasos hacia la ventana. Se giraba. Cinco pasos de regreso. Se giraba otra vez. El teléfono seguía en su mano aunque ya no había nada que escuchar, aunque la línea llevaba minutos cortada y Baron no iba a volver a llamar porque Baron había dicho lo que tenía que decir y ahora esperaba.
Y eso era lo peor. Que esperaba.
—Alá, por favor. —Lo dijo en voz baja, casi sin mover los labios—. Ayúdame. Sé que esto es mi culpa, sé que fui imprudente, pero... evita que pase algo malo. Por favor.
Porque si Zayd se enteraba de que Baron estaba en Riad, de que había llegado con un coche de la embajada americana coordinado, con un jet privado en el aeropuerto, con todo un plan para sacarla del palacio, lo que vendría no iba a tener vuelta atrás.
Baron habría cometido el peor error posible en el Golfo: intentar llevarse a la esposa de un jeque.
Y Zayd tenía el poder, los contactos y la voluntad para detenerlo en cuestión de horas. Podía acusarlo de intento de secuestro de un miembro de la familia real. O si quería podía ir más lejos, acusarlo de espionaje, de amenaza a la seguridad del Estado, y eso en Arabia Saudita no era un cargo menor ni un proceso transparente.
Baron terminaría en una prisión de máxima seguridad en medio del desierto donde las cartas de la embajada estadounidense simplemente desaparecían en la burocracia.
Donde los abogados no llegaban. Donde el tiempo se perdía. Para el mundo, Baron habría desaparecido.
Y ella no podía permitirlo.
No podía.
Independientemente de todo lo demás, Baron no merecía eso.
La puerta se abrió y Laila asomó la cabeza con su discreción de siempre.
—Mi señora, la señorita Yasmine está aquí.
Mariam luchó por ordenar la cara. Respiró por la nariz, soltando el aire despacio.
—Dile que venga, Laila. La recibiré aquí.
La sirvienta asintió y desapareció.
Mariam se limpió los ojos con el dorso de la mano y se puso de pie justo cuando Yasmine cruzaba la puerta.
—Cierra la puerta con llave —ordenó Mariam, con la voz más tensa de lo que quería.
Yasmine la miró. Obedeció. Giró la llave y se quedó parada junto a la puerta estudiando a su amiga de arriba abajo con esa manera suya de leer las situaciones antes de que nadie le explicara nada.
—Mariam. Me estás asustando. ¿Qué sucede?
Su amiga la miró y los ojos se le llenaron de lágrimas sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
—Todo está mal, Yasmine. Todo. Alá me castiga por mis acciones y me lo merezco, me lo merezco porque fui una imprudente y ahora no sé cómo arreglarlo.
Yasmine cruzó la habitación y la abrazó sin hacer preguntas, la dejó respirar un segundo antes de hablar.
—Pero ¿qué pasó?
—Mi amigo. —Mariam se apartó apenas para mirarla—. Está aquí. En Riad.
La cara de Yasmine cambió.
—¿Cuándo llegó?
—Para. —Yasmine le bajó las manos de la cara con firmeza—. No te flageles. ¿De acuerdo? Eso no resuelve nada ahora mismo.
Mariam la miró con los ojos rojos y Yasmine tragó saliva.
Sabía perfectamente lo que estaba a punto de decir. Sabía que era una locura. Sabía que si alguien se enteraba, tendría que dar explicaciones que no quería dar. Pero Mariam era su amiga, y Mariam estaba sola en esto, y ella no era de las que se quedaban sentadas cuando podían hacer algo.
—Yo iré.
Mariam la miró sin entender.
—¿Qué?
—Que yo iré a hablar con ese americano. —Lo dijo con una calma que no sentía del todo—. Le haré entrar en razón. Tiene que irse, Mariam. Tiene que irse ahora, antes de que sentencie su vida. Porque si aparece en este palacio, las cosas no serán buenas ni para él ni para ti, y sabes exactamente de lo que estoy hablando.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo a Mariam de arriba abajo.
Porque sí sabía.
No solo se enfrentaría a la ira de Zayd.
Era lo que vendría después de la ira, lo que no tenía apelación ni misericordia, lo que no distinguía entre intenciones y resultados.
Y esa ley era implacable con los que se atrevían a cruzar ciertas líneas en el reino, aun así tampoco podía condenar a su amiga, miró a Yasmine durante un segundo largo.
—No puedo pedirte eso.
—No me lo estás pidiendo. —Yasmine recogió su bolso del suelo—. Yo lo estoy decidiendo.

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