C127 - VERDADES AL DESCUBIERTO
Llegaron al campamento cuando el sol ya estaba alto.
Un hombre se acercó al vehículo antes de que bajaran. Era Rafiq, el asistente personal del jeque Al-Farsi.
—El jeque Al-Farsi ordena que las señoras sean trasladadas al palacio. Los vehículos estarán listos en una hora.
Las tres asintieron.
Sila bajó primero, con su sirvienta sosteniéndola del brazo, caminó hacia su tienda con los hombros caídos y esa manera de moverse de alguien que está aguantando más de lo que puede mostrar. La sirvienta le dijo algo en voz baja, pero la vieja jequesa negó con la cabeza y siguió caminando.
Mariam la miró hasta que entró.
Luego se giró hacia su propia tienda.
Apenas había dado tres pasos cuando sintió la mano en el brazo.
Jade estaba detrás de ella y le soltó el brazo en cuanto Mariam se giró, luego miró a Laila, que estaba a dos metros con los ojos en las dos.
—Déjanos.
Laila no se movió.
Jade no repitió la orden, solo esperó, con esa paciencia suya que en realidad no era paciencia sino presión.
Mariam miró a Laila y asintió una vez.
La chica apretó la mandíbula, dio un paso atrás, luego otro y se fue. El espacio entre Jade y Mariam quedó vacío de todo lo demás.
—¿Qué le dijiste a Zayd?
Mariam guardó silencio durante un buen tiempo y cuando habló, fue fría, dejándole claro a su prima que tenía otras cosas más importantes en que pensar.
—Pregúntaselo a él.
Se giró, pero Jade le agarró el brazo.
—Suéltame —espetó Mariam y se soltó con una brusquedad que no dejaba espacio para interpretaciones—. Haram 'alayki. (Que la vergüenza caiga sobre ti.)
Lo dijo en voz baja, sin levantar el tono, Jade no parpadeó, luego sonrió, acabando de confirmar algo que ya sospechaba.
—Ya lo sabe, ¿no? —dijo—. Fuiste allá en plan de salvadora. Para que él viera de lo que eres capaz. Muy bien jugado, Mariam.
Mariam le dio una mirada de asco, preguntándose cómo es posible que dos personas compartan sangre y sean tan distintas.
—No tuve que decirle nada. —aclaró—. Y con lo otro, no me las doy de nada, simplemente actué en base a lo que soy.
Jade abrió la boca dispuesta a replicar, pero Mariam no le dio espacio.
—Tú actúas en base a lo que eres, ese es tu problema, Jade. Que siempre quieres aparentar lo que no eres. —se acercó un paso—. ¿Y sabes qué? Las verdades tarde o temprano, salen a la luz.
Se giró y esta vez no hubo mano que la detuviera.
Eso tendría que haberla asustado, tendría que haber calculado las consecuencias, lo que él haría con esa información, lo que significaba para ella, para el bebé, para su posición en esa casa y en lo que Jade haría ahora que el terreno se movía.
Pero lo primero que sintió no fue miedo.
Fue alivio.
Un alivio que no había buscado, pero que llegó de todas formas.
La verdad estaba dicha.
No porque ella la hubiera buscado, no porque hubiera planeado nada. Sino porque la vida la había puesto en ese desierto, frente a ese vehículo volcado, con Ibrahim atrapado entre los hierros exactamente como Zayd había estado atrapado años atrás.
Y su corazón no lo había soportado.
Eso era lo que no había calculado. Que ver a Ibrahim ahí, con esa herida y ese color y esa respiración que entraba y salía con dificultad, le había golpeado algo adentro que no tenía que ver con Ibrahim sino con Zayd. Con lo que significaría para él perder a su padre, la manera en que ese golpe lo doblaría, lo vaciaría, lo dejaría en un lugar desde el que tardaría años en volver.
Y ella no quería verlo así.
Por eso había corrido, no para que él la viera.
Sino porque no había otra opción cuando se amaba a alguien de esa manera.
Mariam cerró los ojos, se puso la mano sobre el vientre y respiró.
—«Allahumma, ihfadh habibi wa ibni. Wa in kana hatha al-haqq sayajlub al-alam, fa-ij'alhu yajlub al-shifa' aydan.» (Oh Alá, protege a mi amado y a mi hijo. Y si esta verdad traerá dolor, haz que también traiga sanación.)

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