C125- LA MUJER EQUIVOCADA
Ibrahim abrió los ojos despacio.
Lo primero que vio fue el cielo, blanco de calor, sin nubes.
Luego sintió las manos.
Dos manos pequeñas sobre su costado, presionando con una firmeza que no esperaba, y cuando bajó los ojos encontró a Mariam inclinada sobre él con la frente a medio metro de la suya.
No lo estaba mirando a la cara.
Miraba la herida y presionaba la tela con un ritmo que no era pánico sino algo completamente distinto.
Ibrahim había visto a muchos hombres en situaciones como esa, había visto a guardias entrenados perder la cabeza con menos. Y esta mujer, la que llevaba años considerando un error en la vida de su hijo, estaba arrodillada en la arena con las manos llenas de su sangre sin temblar.
Abrió la boca.
—Quie...
—No hable. —La voz de Mariam le llegó baja, sin dureza pero sin espacio para negociar—. Respire despacio y con el pecho, no con el estómago.
Ibrahim cerró la boca y obedeció.
Mariam le limpió la cara con el borde de la tela limpia que alguien le había puesto en la mano y luego volvió a la herida y siguió trabajando.
Ibrahim la miró.
Pero esta vez la miró de verdad, quizás por primera vez desde que Zayd la había traído a su casa y lo que encontró no fue la modelo, no fue la segunda esposa, no fue el problema que había intentado resolver durante meses. Encontró a una mujer que en este momento era lo único que se interponía entre él y perder demasiada sangre en el desierto.
Tragó.
Se tragó todo lo que había dicho sobre ella, todo lo que había pensado, todo lo que le había dicho a Zayd.
Se lo tragó entero y no dijo nada.
Mientras tanto, Zayd estaba a centímetros, con las manos a los lados y los ojos en Mariam, sin moverse. Los guardias se movían alrededor, el humo del vehículo seguía subiendo, Al-Farsi daba instrucciones desde atrás, pero todo eso pasaba.
Zayd no escuchó nada, solo veía las manos de Mariam, la posición de los dedos sobre la herida, la manera en que presionaba, soltaba un milímetro, volvía a presionar, la forma en que le habló a Ibrahim para mantenerlo despierto, con una voz que bajó todavía más y que desde donde estaba él llegaba como un murmullo, como algo que no era exactamente palabras sino un ritmo.
Y entonces lo golpeó, no fue un pensamiento. Fue algo físico, algo que le subió desde el estómago hasta la garganta y se quedó ahí sin poder salir.
Años atrás.
El desierto del sur.
Y en esa mirada estaba todo lo que no había dicho y Zayd entendió, entendió que durante años había estado agradecido con la mujer equivocada.
—¿Por qué no me lo dijiste? —La voz le bajó todavía más—. ¿Por qué?
Mariam soltó el aire despacio.
—Porque no importaba… tú…
Ibrahim gimió entre ellos y el momento se rompió.
Al mismo tiempo, los guardias llegaron con una camilla improvisada y sacaron a Ibrahim del metal en tres movimientos. Mariam se puso de pie y se apartó para dejarlos trabajar, con las manos manchadas y la respiración todavía controlada.
Lo subieron a la camioneta de Al-Farsi.
—Zayd vienes con nosotros —ordenó el jeque.
Zayd asintió y subió detrás sin soltar la mano de su padre, pero antes de que cerraran la puerta, se giró y buscó a Mariam.
—Esto no ha terminado —dijo—. Vamos a hablar cuando vuelva.
La puerta se cerró y la camioneta arrancó.

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