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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 128

C128-CONFESIONES DEL CORAZÓN

Zayd llegó al palacio cuando el sol ya había caído.

Ibrahim estaba estable.

Eso era lo primero que importaba y lo que Zayd había repetido mentalmente durante las horas que pasó sentado en la silla junto a su cama en la clínica.

Tres costillas fisuradas.

El corte en el costado que Mariam había contenido a tiempo, suturado después por el médico con doce puntos, una contusión en la cabeza que requería reposo y observación. Los otros dos hombres del vehículo habían salido mejor: uno con el hombro dislocado, el otro con cortes en los brazos y el orgullo golpeado.

Pero lo más importante es que Ibrahim iba a vivir.

Aunque iba a necesitar semanas para recuperarse, y eso era algo que Zayd todavía estaba procesando mientras cruzaba las puertas del palacio con la ropa del día anterior y los ojos que llevaban demasiadas horas abiertos.

No llegó lejos, Sila, su madre lo estaba esperando en el vestíbulo.

Apenas lo vio entrar, se levantó del asiento donde había pasado quién sabe cuántas horas y cruzó el espacio entre los dos sin decir nada, Zayd abrió los brazos antes de que ella llegara y ella se derrumbó contra su pecho.

Cuando el llanto aflojó, habló.

—Está bien, madre, está estable. Las costillas van a sanar. El médico dice que en tres semanas puede caminar sin ayuda.

Sila levantó la cara, tenía los ojos hinchados y la respiración todavía entrecortada.

—Recé toda la noche —dijo—. Toda la noche, Zayd.

—Lo sé. —Él le besó la frente, despacio—. Alá escuchó tus oraciones.

Sila cerró los ojos un momento, luego los abrió y lo miró con esa manera de leer lo que él no preguntaba.

—Mariam está en su habitación —dijo—. Lleva horas ahí.

Zayd asintió y ella le puso la mano en la mejilla un segundo.

—Ve con ella.

(...)

Los pasos de Zayd hacia la habitación sonaban distintos en ese silencio, eran más lentos de lo que él quería que fueran, porque el corazón le iba rápido y a decir verdad, tenía vergüenza.

La vergüenza de un hombre que había tenido la verdad frente a él durante años y no la había visto, que había escuchado la versión de Jade y la había guardado como algo sagrado y que por eso había tomado decisiones, dicho palabras, mirado de maneras que ahora, con lo que sabía, le ardían en el pecho de una forma que no encontraba cómo apagar.

Había sido un cobarde.

Llegó a la puerta y se detuvo.

Apoyó la frente contra la madera y cerró los ojos, quiso calmarse, respirar, pero era imposible, las manos le temblaban, aun así las apretó en puños, las soltó y las volvió a apretar.

—Ya rouhi. (Alma mía.)

Abrió la puerta.

Mariam estaba acostada de lado con los ojos abiertos y la mano sobre el vientre, pero al escuchar la puerta, se giró. Su corazón se detuvo un segundo, para luego arrancar de nuevo con una fuerza que le subió hasta la garganta.

—Zayd...

Él no dijo nada, se quedó en la entrada con los ojos en ella y al verla y recordar lo que había dicho y hecho, algo en él se rompió.

Cruzó la habitación despacio, llegó al borde de la cama y se arrodilló.

—Mariam. —La voz le salió rota desde el principio—. Estuve años creyendo algo que no era verdad.

Se detuvo, tragó.

—Años mirándote sin verte. Años eligiendo la mentira fácil porque era más cómoda que la verdad. —Buscó sus manos y las tomó entre las suyas—. Y no tengo derecho a pedirte nada.

Bajó la cabeza y cerró los ojos con las manos de ella entre las suyas.

—Pero necesito que sepas que lo siento, que me duele, que cada vez que pienso en cómo te miré, en cómo te hablé, en cómo dejé que Jade... —su voz quebró—. Me duele hasta respirar, habibti.

—Sí —dijo Mariam—. Lo has sido.

Y esta vez no había dulzura en su voz, solo verdad.

Zayd bajó la cabeza y apoyó la frente sobre las manos que todavía sostenía entre las suyas.

—Te amo, Mariam. —Lo dijo sin levantar la cabeza, con la voz amortiguada contra sus dedos—. Y sé que no tengo derecho, porque sé que te hice daño de maneras que no puedo deshacer. Pero te amo. No porque me salvaras, no por el bebé. Te amo porque eres tú, porque me vuelves loco, porque peleas conmigo y porque cuando estoy contigo, no soy un jeque…

Alzó la mirada.

—Soy… simplemente Zayd.

Mariam sonrió lentamente, con los ojos brillándole de felicidad y lágrimas, se inclinó y le acunó el rostro.

—También te amo —susurró—. Y me odio por eso.

Zayd frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque debería ser más fuerte. Pero te quiero, a pesar de todo, a pesar de mí misma. Y no sé si eso me hace valiente o estúpida.

—Te hace humana —dijo Zayd.

Le soltó las manos y puso las palmas en las mejillas.

—Y yo voy a pasar el resto de mi vida demostrándote que valió la pena. Que nosotros valemos la pena.

Mariam cerró los ojos, asintió y Zayd la besó, despacio, con toda la ternura que no había sabido darle antes, con todo el arrepentimiento convertido en promesa.

—Inti kull shay'. Inti hayati. (Tú eres todo. Tú eres mi vida.)

Mariam abrió los ojos, brillantes de lágrimas.

—Wa anta qalbi. (Y tú eres mi corazón.)

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