C70 -EL ERROR MÁS GRANDE DE SU VIDA
—Ba... Baron.
—Ya está todo listo, Mariam. —La voz llegó suave—. Mañana mismo te vas. Mañana serás libre.
Mariam sintió el estómago darse vuelta.
No fue gradual.
Fue inmediato, físico, como si el cuerpo le respondiera antes que la cabeza. Las ganas de vomitar la invadieron, al mismo tiempo que un miedo visceral se instalaba en su pecho: no quería irse.
No quería ese plan que había construido ladrillo por ladrillo.
No quería la libertad que Baron le estaba ofreciendo.
—¿Mariam? ¿Estás ahí? ¿Osita?
Cerró los ojos, apretando el teléfono.
—Baron. —Lo dijo con toda la fuerza que pudo reunir, que no era mucha—. Baron, yo... yo...
Le temblaban los labios.
En el hotel, Baron se giró hacia la ventana.
Llevaba cuatro días en Riad.
Había llegado en silencio, sin anunciarse, instalado en una suite del Four Seasons con vista a la ciudad que Mariam tanto amaba y tanto odiaba al mismo tiempo y había pasado esos días coordinando cada detalle con una precisión que solo alguien con su dinero y sus contactos podía sostener.
El coche de la embajada americana estaba confirmado para el día siguiente a las diez de la mañana. Killian había hablado directamente con el segundo secretario, un hombre que le debía tres favores y que había garantizado que el vehículo saldría del palacio sin ser revisado, porque los coches diplomáticos no se detenían en los controles saudíes, esa era la norma.
Y una vez que pasaran las alcabalas de controles, Baron tenía un jet privado esperando en el aeropuerto de Riyadh con un plan de vuelo registrado hacia Ginebra.
Llegarían a un apartamento en el octavo arrondissement de París. Tenía médicos, abogados, todo lo que ella pudiera necesitar al otro lado.
Él se encargaría de que Zayd jamás la encontrara.
—¿Mariam, qué pasa?
Del otro lado, los ojos de Mariam estaban rojos.
Tragó.
Y se dio fuerzas desde algún lugar que no sabía que tenía.
—No voy a irme —dijo, casi susurrando—. Voy a quedarme aquí. Con él.
El silencio que siguió fue absoluto.
Baron no dijo nada durante varios segundos, pero sus dedos se tensaron alrededor del teléfono, despacio, como si el cuerpo procesara las palabras antes que la mente y se quedó mirando las luces de Riad desde la ventana del hotel sin parpadear.
—Mariam —dijo finalmente, con la voz plana—. ¿Estás hablando en serio? ¿Estás...?
—Lo amo, Baron. Es el padre de mi hijo. Y esto, Riad, este palacio, el desierto, todo esto... soy yo. No puedo explicarlo mejor que eso. No soy yo sin esto. Y él es parte de esto, siempre lo ha sido.
—Baron, espera, no puedes...
Pero la línea se cortó.
—Baron. —No hubo nada—. Baron… ¡Baron!
Solo el silencio del teléfono muerto en su mano, Mariam bajó el aparato despacio y miró hacia la ventana.
El desierto estaba ahí, quieto, inmenso, con esa luz del atardecer que lo volvía todo color cobre y oro.
Lo había mirado mil veces desde esa habitación y siempre la había calmado.
Esta vez no.
Baron estaba en Riad.
Baron no se iba a ir.
Y si Baron aparecía en el palacio preguntando por ella, si alguien lo veía, si llegaba a oídos de Zayd que un hombre había venido desde el otro lado del mundo a buscar a su esposa con un coche de la embajada americana y un jet privado esperando en el aeropuerto, no habría carpeta de cuero negro ni pluma de oro que pudiera contener lo que vendría después.
Cerró el puño alrededor del teléfono.
Tenía que hablar con Baron.
Tenía que hacerlo antes de que cometiera el error más grande de su vida.

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