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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 130

C130- EL JEQUE IBRAHIM QUIERE VERTE

El mensaje llegó mientras Mariam todavía tenía el jugo en la mano. Uno de los guardias de Ibrahim se presentó en la puerta con una inclinación breve y tres palabras: el jeque la esperaba.

Mariam se quedó quieta un segundo con el vaso a medio camino.

Zayd levantó los ojos desde el otro lado de la mesa y leyó su cara antes de que ella dijera nada.

Luego sonrió.

—Mi padre es justo, después de todo.

Mariam lo miró.

—Tu padre me miró desde que llegué como si fuera un problema que nadie había sabido resolver. —Dejó el vaso sobre la mano—. Perdóname si no salto de emoción.

Zayd soltó una carcajada corta, se levantó, le tomó las manos y se las sostuvo un momento.

—Ve. —Le apretó los dedos—. Habibi. Atiende su petición.

Mariam soltó el aire, asintió y salió con el corazón más rápido de lo que quería admitir.

El hospital estaba en el norte de Riad.

No era un hospital en el sentido ordinario. Era una clínica privada de cinco pisos con mármol en los pasillos, silencio absoluto en cada planta y personal que se movía sin hacer ruido.

Los guardaespaldas de Zayd la escoltaron hasta el tercer piso.

La habitación de Ibrahim tenía ventanas que daban a un jardín interior, cuando entró vio a Sila sentada junto a la cama, la vieja jequesa se puso de pie en cuanto la vio entrar.

—Querida —saludó tomándola de las manos y dándole esa calidez suya que no necesitaba palabras para decir lo que decía.

Mariam le sonrió, pero sus ojos fueron directamente a Ibrahim.

Estaba recostado con la espalda levantada por las almohadas y el costado vendado bajo la bata. Tenía el color de alguien que había perdido sangre y que todavía no la había recuperado del todo. Pero los ojos estaban despejados, alertas, con esa intensidad que Mariam había aprendido a reconocer desde el primer día que lo conoció y que nunca la había mirado a ella con nada parecido a la calidez.

Sila miró a su esposo y él asintió, apenas.

—Los dejo solos para que hablen. —Sila le apretó la mano a Mariam antes de soltarla y salió cerrando la puerta con cuidado.

El silencio se instaló.

Mariam se quedó de pie junto a la puerta un segundo. Pensó en todas las veces que había estado en la misma habitación que Ibrahim y la ignoraba a ella, las reuniones familiares donde sus opiniones no existían. El día que le dijo a Zayd, que una mujer que no conocía sus raíces no podía conocer sus obligaciones y ahora ese hombre estaba en esa cama esperando que ella se acercara.

—Acércate —dijo Ibrahim.

Mariam cruzó la habitación.

Se sentó en la silla junto a la cama con la espalda recta y las manos sobre el regazo, no por protocolo, sino porque era la única manera que tenía de sostener lo que estaba sintiendo sin que se le notara demasiado.

—Estuve hablando con Zayd —dijo Ibrahim después de mirarla durante un momento largo, su voz era más baja de lo habitual, sin el tono de autoridad que usaba con el consejo—. Y me contó cosas que no sabía.

Mariam no preguntó qué cosas, simplemente esperó.

—El accidente. —Ibrahim hizo una pausa—. El de Zayd, años atrás. Me dijo que fuiste tú quien lo salvó. No Jade.

—Por eso, eres una mujer de valor y yo… me equivoqué contigo. —Se enderezó con esfuerzo, ignorando el gesto de dolor que le cruzó la cara—. Por eso, a partir de hoy, no vas a tener problemas conmigo.

Mariam lo miró sin palabras, pero con los ojos ardiendo por las lágrimas, aun así se contuvo, no lloró.

Pero estuvo cerca.

Cuando salió, Sila la esperaba en la sala contigua.

—¿Qué te dijo?

—Me dio las gracias. —Respondió aún sin creer todavía la conversación que acababa de tener, miró a su suegra y una lágrima se deslizó por su mejilla—. Y me pidió disculpas.

Sila cerró los ojos un segundo, luego la abrazó y Mariam le devolvió el abrazo con los ojos cerrados.

—Él ya te ha aceptado, querida… lo ha hecho. Mi Ibrahim es duro, pero es un hombre justo.

(…)

Del otro lado de la ciudad, en el despacho del palacio, Zayd miraba a su asesor legal y sobre la mesa había tres documentos.

—Necesito que redactes el acta. —Ordenó sin rodeos—. Voy a pronunciar el primer talaq esta semana.

El asesor, un hombre de sesenta años no parpadeó.

—¿Ha considerado el período de idda, jeque? Los tres meses de convivencia bajo el mismo techo. La esposa tiene derecho a...

—Lo sé. —Zayd lo cortó, sabiendo que no podía negarse, no si no quería ser descubierto en su mentira—. Redacta el acta con todas las condiciones. Y quiero que quede documentado que el pronunciamiento es definitivo e irrevocable, que ella lo sepa desde el principio.

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