—¿Qué quieres decir?
—La abuela ya está vieja, algún día tendrá que irse —dijo la anciana, palmeando el dorso de la mano de Sofía para consolarla, mirándola con amor—. No quiero que ahora que por fin dejaste de estar sola, vuelvas a decepcionarte.
Al escuchar esto, a Sofía le picó la nariz y sintió un nudo en la garganta.
—Abuela, vas a vivir muchos años, no digas esas cosas de mal agüero.
Quería desesperadamente que la anciana se callara, incluso levantó la mano para taparle la boca.
Pero la abuela solo sonrió levemente y apartó su mano.
—Escúchame.
—Sé que tu matrimonio anterior fue muy infeliz, pero quiero decirte que no puedes perder la fe en los demás solo por un error del pasado.
Alfonso también se contagió de la situación y no pudo evitar decir:
—¡Abuela, yo voy a tratar muy bien a Sofi!
Para su sorpresa, apenas terminó la frase, la abuela lo fulminó con la mirada:
—¿Te di permiso para hablar?
Alfonso encogió el cuello y cerró la boca, volviéndose inusualmente dócil.
La mirada de la anciana volvió a posarse en Sofía, con ternura:
—Buena niña, en el futuro la familia Santana quedará en tus manos. La familia no es pequeña, y si cargas con todo tú sola, te vas a cansar, sobre todo teniendo a Bea.
Su mirada era sincera, y su mano acariciaba la piel del dorso de la mano de Sofía, como si le transmitiera consejos silenciosos.
El corazón de Sofía se agitó inevitablemente.
—Abuela, no estoy sola. Tengo a Maite López, a Esther Robles, y también a la tía, ¿no?
Sofía intentó que la abuela dejara de ponerse tan sentimental, pero la vio negar con la cabeza sonriendo:
—Los amigos y un compañero de vida real son cosas diferentes.
La anciana finalmente le dirigió una mirada algo amistosa a Alfonso:

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