Mientras tanto, Sofía acababa de dormir a Bea.
La luz cálida iluminaba el rostro de la niña, haciendo que sus mejillas regordetas se vieran aún más adorables, como un durazno jugoso que soltaría néctar al tocarlo; se veía dulce y tierna.
La mirada de Sofía se suavizó.
Llevaba ya unos días en casa de los Santana, y había sido el tiempo que más había acompañado a Bea.
Lo único lamentable era que Maite y Esther no estaban allí; a veces se sentía un poco sola.
Sofía pensó para sus adentros que, cuando se estableciera en Santa Fe, definitivamente se traería a Maite y a Esther con ella.
Asintió para sí misma, pero de repente llamaron a la puerta.
*Toc, toc.*
El sonido no era fuerte, pero se notaba que quien tocaba usaba fuerza, por lo que sonaba algo sordo.
Sofía bajó la voz:
—¡La niña está dormida!
Caminó rápido hacia la puerta y, al abrirla, se quedó helada al ver quién era.
—¿Alfonso?
Ella, que solía ser calmada y fría, abrió los ojos con sorpresa.
¿Cómo es que Alfonso estaba aquí?
Parecía venir de un largo viaje, y tenía los ojos inyectados en sangre.
—¡Ah!
Antes de que Sofía pudiera reaccionar, un brazo grande la rodeó por los hombros y la atrajo hacia un abrazo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera