Sacudió la cabeza con furia y suspiró, frustrado.
Alfonso mantenía la cabeza baja, en silencio, dejando que el abuelo descargara su enojo sin oponer resistencia.
—Tú, termina con ella de inmediato. Tu madre ya me lo dijo: mañana, no, esta misma tarde te van a preparar una cita con una de las chicas de sociedad de Santa Fe. Olvídala. No quiero que sigan viéndose ni que haya más enredos entre ustedes.
El abuelo golpeó el suelo con su bastón, produciendo un sonido sordo que recorrió toda la estancia.
Sin mostrar ninguna emoción en el rostro, Alfonso se puso de pie.
—Abuelo, pase lo que pase, en esta vida solo voy a casarme con ella.
Los ojos del abuelo se abrieron tanto que parecía que iban a salirse de su cara. Miró a su nieto favorito, sintiendo que la rabia le subía como fuego hasta la coronilla.
Sin pensarlo, levantó el bastón y lo descargó con fuerza sobre la espalda de Alfonso.
—¡Qué disparate!
Alfonso soltó un quejido ahogado, pero no se dobló, mantuvo la espalda recta con obstinación.
Al ver esa actitud, la mirada del abuelo se volvió más sombría y una pesadez se instaló en su pecho.
—Alfonso, ¿tienes claro quién eres? Eres el nieto mayor de la familia Castillo. Algún día vas a heredar todo lo que somos. ¿Vas a casarte con esa Sofía solo para que todos en Santa Fe se rían de ti?
—¿Y quién se atreve? —la voz de Alfonso salió grave, cada palabra se le escapó entre los dientes, como si trajera consigo el peso de todo un ejército.
Al notar que su nieto seguía obstinado, el abuelo sintió que se le nublaba la vista del coraje y se dejó caer de golpe en la silla.
—¡Estás loco! ¡Definitivamente te volviste loco!
Alfonso guardó silencio y se sentó de nuevo, firme.
Pero el abuelo lo miró con dureza.
—¿Qué haces ahí sentado? ¿Todavía tienes ganas de comer? Te lo advierto, si sigues enredado con ella y no aclaras las cosas, entonces lárgate de la familia Castillo. ¡Aquí nadie mantiene a quien se convierte en la burla de todos!
Gruñó y volvió a golpear el piso con el bastón, dándole la espalda a Alfonso.
El aire se volvió denso, como si nada pudiera romper ese silencio. El abuelo pensó que por fin su nieto cedería, pero Alfonso, con los labios apretados, se levantó.

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