—Begoña, en el fondo no pertenecía a los Santana.
La anciana soltó un suspiro tan largo que pareció arrastrar consigo los recuerdos de muchos años atrás.
—Ella era hija ilegítima. Los Santana siempre han detestado ese tipo de escándalos. En teoría, jamás debió acercarse a la familia, pero como su papá murió en un accidente de carro y ella quedó sola en el mundo, decidieron aceptarla por compasión. La criaron hasta que cumplió dieciocho y después la dejaron ir, sin mirar atrás.
La duda seguía viva en los ojos de Sofía.
—Entonces, ¿por qué terminó viviendo en Villa Laguna? Además, justo ahí fue donde Ivana apareció… ¿No crees que eso tiene que ver con algo más?
La anciana sonrió de lado, con un dejo de nostalgia en la mirada.
—Eres muy lista, Sofía, hasta parece que no eres hija de Ivana.
Por un momento, Sofía no respondió. Solo la miraba, esperando que continuara.
—Ivana y Begoña crecieron juntas. Desde niña, Ivana era la heredera que todos esperaban, mimada hasta el cansancio y un poco mandona, aunque su corazón no era malo. Begoña, en cambio, con su origen complicado, nunca encajó del todo entre los Santana. Ivana veía eso y le daba lástima, así que la cuidaba a escondidas. Con el tiempo, se hicieron muy cercanas.
La voz de la anciana flotaba en el aire como el vapor de una taza de café recién hecho, envolviendo la sala con memorias que parecían ajenas y propias a la vez.
Sofía escuchaba sin sorpresa. Ivana siempre había parecido el ejemplo perfecto de una niña consentida: caprichosa, egoísta, pero no de mala entraña.
Solo que, por falta de juicio, había cometido demasiados errores y lastimado a quienes menos debía. Y eso tampoco tenía perdón.
—Fue Begoña quien la invitó a Villa Laguna de vacaciones —continuó la anciana—. Nadie imaginó que ahí conocería a Oliver, y todo se saldría de control a partir de ese encuentro.
Suspiró de nuevo, como queriendo soltar una carga muy vieja.
—En fin, ya ni hablar. Begoña ya no es parte de los Santana. Mejor hagamos de cuenta que nunca existió.
Sofía, comprendiendo el peso de esas palabras, no siguió preguntando. Al final, Begoña representaba el tipo de secreto que los Santana preferían enterrar. Y aunque Sofía tenía un par de dudas más dando vueltas en la cabeza, las guardó para sí, disimulando con naturalidad.
—Por cierto, ¿cómo te sentiste hoy en la empresa? —preguntó la anciana, tomando la taza de café y guiando la conversación hacia otro rumbo.



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