—¡Suéltame! ¡Yo puedo caminar solo!
Pero al guardia no le importó en lo más mínimo, incluso le molestaba lo despacio que iba, así que lo agarró del cuello de la camisa y lo aventó hacia la salida.
El último guardia, con toda formalidad, juntó las manos y cerró la puerta con cuidado.
El sonido de las quejas de Oliver desapareció de golpe.
Por un momento, el silencio se apoderó de la oficina. Fue Esther quien, de pronto, soltó una risita y rompió la quietud.
—¿A poco dejaste que Oliver entrara a propósito?
Aunque lo preguntó, sus ojos mostraban que ya lo tenía claro.
Sofía, sin que nadie se diera cuenta, tenía a un lado una taza de té que Alfonso le había servido con sus propias manos. Bajó la mirada y bebió un sorbo.
—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?
Al escuchar eso, Esther echó la cabeza hacia atrás y se carcajeó, y sus ojos reflejaban pura admiración.
Maite, de pie a un costado, las miraba con alivio.
Siempre había recordado a Sofía como alguien tranquila y suave. Verla ahora, enfrentando y devolviendo cada golpe, la hacía sentirse extraña, como si estuviera viendo a otra persona.
—Oigan, pero esos guardias... ¿no que Virginia había dicho que casi todos los de seguridad de Grupo Rojas ya se habían ido?
Esther se rascó la cabeza, toda confundida.
—Con dinero todo se arregla —intervino Alfonso, encogiéndose de hombros.
La mirada de Esther brincó de Sofía a Alfonso, notando la calma en los dos. De pronto le cayó el veinte y dio una palmada.
—¡Ya entendí! ¡Esto lo tenían planeado desde antes, ¿verdad?
Sofía solo sonrió, sin decir nada.
Alfonso, en cambio, explicó:
—En realidad, el plan era para los Ardila, pero mira que Oliver se fue a meter solo en la trampa.
Mientras hablaba, no le quitaba la sonrisa de los labios ni los ojos de Sofía.
Montserrat también la observó fijo. De pronto, tomó la mano de Sofía entre las suyas, dándole unas palmaditas. Su mirada rebosaba orgullo.
—Siempre me preocupó que fueras demasiado blanda, que al final te dejaras pisotear, pero mírate… eres lista y tus acciones me llenan de orgullo.
Al escuchar los halagos de la anciana, la dureza en la mirada de Sofía se desvaneció como nieve bajo el sol. Con un gesto obediente, puso sus manos sobre las de Montserrat y entrelazó los dedos.
—Abuelita, ya no dejaré que nadie me humille.
Cada palabra era una promesa salida del corazón.
Quizá no solo se lo decía a Montserrat, sino también a sí misma.
Los ojos de la anciana se humedecieron. Asintió con fuerza.
—Eso es, ningún hijo de la familia Santana va a dejarse pisotear por nadie.
Después de decir eso, deslizó la mano hasta el brazalete reluciente que Sofía llevaba.
—Tú eres la mejor opción para heredar la familia Santana.
Sofía se quedó inmóvil, sorprendida, pero esta vez no se negó.
Bajó la mirada, una sonrisa tranquila se le dibujó en los labios y respondió con firmeza:
—Abuelita, no te voy a fallar.
Si todo el mundo quería aplastarla usando poder, ¿por qué no podía ser ella la que tomara las riendas?
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