Esta familia tiene una habilidad increíble para darle la vuelta a la verdad como si nada.
Mirella, alzando la cara y con los ojos brillando con una falsa angustia, exclamó con tono dolido:
—Presidenta Rojas, sí, tal vez hemos consentido demasiado a Olivia y por eso a veces es un poco caprichosa, pero en el fondo siempre ha tenido buen corazón. ¿Cómo puedes acusarla de esa manera solo porque algo no te pareció bien?
Se sobó las sienes, fingiendo resignación, como si el asunto fuera demasiado para ella.
—Por más que inventen y distorsionen las cosas, en las cámaras de seguridad se ve clarito todo lo que Olivia hizo al chocar el carro de Sofía —le reviró Esther, de pronto dando un golpe seco sobre la mesa mientras de su mano aparecía una memoria USB.
El gesto de Mirella se endureció de inmediato, sus ojos se volvieron afilados y no apartó la vista de la mano de Esther.
De reojo, le lanzó una mirada inquieta a Olivia, como preguntándole qué estaba pasando. ¿No que ya habías “arreglado” las cámaras?
Olivia también se quedó rígida, sin poder creerlo.
—¿Cómo puede ser? ¡Ese era el único lugar donde la cámara no grababa! —gritó sin pensarlo, y ese desliz la delató por completo.
Enseguida, se tapó la boca, dándose cuenta de su error.
Mirella le dirigió una mirada fulminante de advertencia.
Olivia se encogió en su asiento, intentando parecer invisible, y optó por quedarse callada.
Mirella apretó la mandíbula y, debajo de la mesa, cerró los puños con tanta fuerza que se le marcaron los nudillos.
—¿De verdad hay dudas? Basta mirar el video —aventó Esther, conectando la memoria al portátil y girando la pantalla hacia los presentes.
El audio de la grabación no era muy bueno, pero en la sala se hizo un silencio tenso antes de que el sonido del golpe llenara el espacio.

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