—¡Señorita Sofía!
De pronto, la puerta principal se abrió de golpe y varias figuras entraron apuradas una tras otra.
Sofía frunció el ceño, mientras Virginia tenía una expresión de derrota absoluta. Los medios ya habían levantado sus cámaras y se lanzaron directo hacia ella.
—Señorita Sofía, acabamos de recibir información de último minuto, dicen que fingió haber sido atropellada y que en realidad no tiene ninguna herida, solo para extorsionar a la señorita Olivia. ¿Esto es cierto?
—Señorita Sofía, ¿es verdad que está usando tácticas poco éticas para ayudar a que el Grupo Rojas resurja?
—Señorita Sofía, ¿podría mostrarnos sus supuestas heridas?
...
Los flashes de las cámaras no paraban, destellando como si quisieran dejarla ciega. Los periodistas, como lobos hambrientos al ver una presa jugosa, se abalanzaron sobre Sofía. En un abrir y cerrar de ojos, la rodearon por completo, tanto que Esther y Maite apenas podían divisar su silueta entre la multitud.
Hasta los micrófonos casi le llegaban a la boca, empujados sin piedad.
Por una vez, el semblante de Sofía cambió y se tornó de un tono pálido, como si el coraje le subiera hasta la cabeza.
—¿Verdad que sí, Sofía? Estás inventando que yo te atropellé. Si de verdad te atropellaron, ¿cómo es que saliste del hospital en tan pocos días? Deja que los periodistas vean tus heridas —aventó Olivia con una sonrisa ansiosa, mirada chispeante, como si acabara de encontrar su oportunidad dorada.
Esa sola frase fue como lanzar una piedra en un lago tranquilo: las olas no tardaron en explotar.
Los reporteros se envalentonaron aún más, empujando y manoteando a Sofía, incluso algunos intentaron levantarle la manga para buscar a la fuerza alguna señal de lesión.
Esther, a duras penas, logró abrirse paso hasta el lado de Sofía y, sin pensarlo, golpeó la mano de un periodista atrevido.


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