—En este asunto, Olivia se equivocó. Si la señorita Sofía necesita algún tipo de compensación, cualquier cosa que esté a mi alcance, yo me haré completamente responsable.
—¿Y si mi única condición es que entregues a Olivia en la comisaría? Si hizo esto, entonces debe enfrentar las consecuencias de sus actos.
Sofía no estaba dispuesta a ceder ni un paso, su mirada era tan dura como el hielo en la montaña.
Mauro frunció el ceño, claramente sorprendido por la terquedad de Sofía y por la forma en que ella le negaba cualquier consideración.
El tono amable con el que había empezado ya no le resultaba fácil de mantener.
—Tengo entendido, señorita Sofía, que usted también es madre. Debería comprender lo que es querer proteger a los hijos. Pongámonos en los zapatos del otro. Yo me llevaré a Olivia a casa y le aseguro que recibirá el castigo que merece, por usted.
Forzó una sonrisa, pero la calidez en sus ojos ya casi se había esfumado.
Pero al escuchar esas palabras, Sofía sintió un fuerte estremecimiento. Mauro no había llegado sin prepararse, y estaba claro que había investigado bien su vida.
Y ahora, al mencionar a Bea, el mensaje no era que tuviera compasión por Olivia; era, en realidad, una amenaza.
¡Estaba usando a Bea para chantajearla!
Sofía afiló la mirada, clavando sus ojos en Mauro como si quisiera atravesarlo.
En ese momento, la sonrisa de Mauro se convirtió en una red que le caía encima, sofocándola, apretándole el pecho hasta casi no dejarla respirar.
Bea era su mayor debilidad.
Apretó los puños, luchando por calmar su respiración y mantener la compostura en la superficie.
—No hace falta. La ley es la ley. Si cada vez que alguien comete un error basta con que lo regañen en casa y ya, ¿dónde queda la justicia?

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