El fuego que ardía en el fondo de su pecho se disipó tan rápido como había surgido.
Oliver Rojas incluso, con cierto deleite, volvió a posar los labios en el borde de su taza de café.
Al seguir la dirección de su mirada, la visita inesperada de Leonor Medina de pronto ya no parecía tan difícil de aceptar.
Tosió para romper el silencio, y el gesto tenso de su rostro se suavizó por fin.
—Leonor, aunque las cosas ahora parecen ir a nuestro favor, no puedes bajar la guardia. No sabemos si todavía hay alguien vigilándote desde las sombras. Por eso siempre te he pedido que tengas cuidado con cada paso.
Suspiró, y su tono sonó mucho más tranquilo, casi cariñoso.
Leonor parpadeó y, como un pajarito buscando refugio, se lanzó a los brazos de Oliver, con una expresión tan vulnerable que cualquiera habría sentido compasión.
—Eres tú el que desapareció sin avisar y luego me ignoró tantas veces, haciéndome sentir tan mal... Me asusté de perderte, por eso no pude evitar venir a buscarte.
Sus manos delicadas se aferraron al pecho de Oliver, como si temiera que él fuera a desvanecerse en cualquier momento.
Oliver no pudo evitar estremecerse por la cercanía; la verdad es que sus palabras le calmaron el ánimo.
Le pasó la mano por la cabeza, despeinándola un poco con ternura.
—Sí, acepto que yo también tuve la culpa. Ya que viniste hoy, no voy a decir nada más. Mejor hacemos lo que Isi propuso: cuando se haga tarde, que ella te lleve de vuelta a casa.
Leonor asintió, acurrucada en su pecho como si fuera lo más natural del mundo.
Comparado con la angustia de hace un rato, Oliver se sentía ahora renovado, en paz.
Bajo la mirada, se detuvo en el cabello teñido de castaño claro de Leonor. Por un momento, su mente voló lejos.
Tantos años juntos. Al final, su presencia era como un bálsamo. Solo ella podía tranquilizarlo de esa manera.
Pensando en eso, Oliver llamó a Isidora Rojas para que entrara y los acompañara en la cena familiar.
...
La noche cayó como un telón oscuro. Oliver acompañó personalmente a Leonor hasta el carro donde Isidora la esperaba desde hacía un buen rato.
—Cuando esté en casa te llamo. Por ahora, te pido que tengas paciencia. Aún tienes a Vic y a Fabiola contigo, ¿no?
El nombre de los dos hizo que Leonor vacilara.
Apretó los labios, queriendo decir algo, pero al final solo levantó la vista y le regaló una sonrisa apacible.
—Está bien, te espero en casa.
—Y el bebé también.
Mientras hablaba, Leonor acarició su vientre, donde ya se podía notar un pequeño bulto. Sus ojos no se apartaban de Oliver, llenos de un brillo seductor.
A Oliver se le hizo un nudo en la garganta.
No podía negarlo: Leonor, después de tantos años a su lado, seguía teniendo ese magnetismo especial. Ya adulta, había sabido combinar la madurez con una dulzura que sabía usar a su favor. Era imposible no sentirse atraído.
Oliver la miró con intensidad renovada.
Isidora, ajena a la expresión de su padre, ayudó a Leonor a acomodarse y cerrar la puerta del carro. Luego, se sentó al volante, bajó la ventanilla y se despidió de Oliver antes de arrancar.
A esas alturas, la oscuridad ya se había apoderado del cielo.
El camino de salida de la fábrica era disparejo y estaba cubierto de piedras, por lo que cada tanto se escuchaba el rechinar de las llantas.

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