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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 659

La señora Blanco soltó un suspiro pesado y, buscando algo de consuelo, se acurrucó junto a Lázaro, apoyando la cabeza en su hombro. Solo así logró sentir una pizca de tranquilidad en medio de su preocupación.

Lázaro, con sus dedos ásperos, acarició suavemente el cabello de ella. Los dos se quedaron así, refugiados el uno en el otro, sumidos en un silencio que solo era interrumpido por el sonido de sus propias respiraciones.

—¡Bam, bam!—

De repente, ambos alzaron la mirada. Al otro lado de la densa fila de bambús del pequeño jardín, una silueta amarilla parpadeaba entre las sombras.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Lázaro, poniéndose de inmediato en alerta.

—Soy alguien que la señorita Sofía envió. Hay cosas que no se pueden decir por mensaje, así que dejó una nota escrita para ustedes.

Lázaro se acercó con cautela, observando a la persona a través de la puerta tallada que separaba el jardín de la calle. El visitante vestía como repartidor, con gorra y chaqueta, la clásica imagen de quien reparte comida a domicilio.

—¿La señorita Sofía...? —repitió Lázaro, rodando el nombre entre los dientes con cierta sospecha, aunque terminó extendiendo la mano para recibir el sobre.

Pensó que, si en verdad se trataba de algo importante, no podía darse el lujo de ignorarlo. Si perdía esta oportunidad, podría lamentarlo después.

Su mano se deslizó por entre los huecos del portón decorado. No notó cómo, bajo la gorra, la sonrisa del repartidor se estiraba de forma inquietante.

Cuando Lázaro levantó la cabeza, apenas notó ese gesto extraño. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero ya era demasiado tarde.

De golpe, una sensación de hormigueo le subió por el brazo y se le fue directo a la cabeza. En cuestión de segundos, el mareo lo noqueó.

La señora Blanco, desde lejos, vio a Lázaro quedarse estático frente a la puerta, como si se hubiera convertido en estatua. Un mal presentimiento le oprimió el pecho y se acercó con paso apurado.

—Lázaro, ¿qué pasa? ¿Qué dijo Sofía en el mensaje...? ¡Ah!

Justo cuando se aproximó, una mano surgió de la nada y la atrapó del brazo con fuerza.

La señora Blanco abrió los ojos de par en par, aterrada. El repartidor, con una mirada feroz, le gruñó:

—No grites. No hagas ningún escándalo. Abre la puerta y hazlo rápido, si no...

Su tono amenazante no dejó lugar a dudas y, para enfatizar sus palabras, movió el brazo mostrando lo que llevaba en la otra mano.

La señora Blanco, temblando, siguió la dirección de su brazo y vio a Lázaro inconsciente, sostenido apenas por el repartidor. Sus ojos estaban cerrados y apenas se mantenía en pie, colgando como un muñeco. Lo que la heló fue notar el reflejo metálico de una navaja justo en la garganta de Lázaro.

—¡Está bien, está bien! ¡La abro! ¡No voy a decir nada! ¡Solo no le hagas daño!

Se tapó la boca con la mano y lo miró suplicante, con los ojos desorbitados implorando que le creyera.

El repartidor entrecerró los ojos y bufó:

—¡Rápido, abre la puerta! ¡Nada de juegos! Si intentas algo raro, mi cuchillo no va a perdonar.

El corazón de la señora Blanco latía desbocado. Con manos temblorosas, buscó las llaves y abrió la puerta como pudo.

...

En las cámaras de seguridad, se veía al “repartidor” arrastrando a Lázaro, sujetándole el cuello con una mano mientras lo arrastraba hacia la calle. Detrás, la señora Blanco avanzaba con el rostro desencajado por el miedo.

Los tres se encaminaron con pasos torpes y, al llegar al final de la acera, subieron a un carro negro que los esperaba.

...

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