En ese momento, Sofía estaba furiosa, sentía cómo la rabia hervía en su interior, pero también sabía que la abuela tenía razón con sus decisiones. Así que respiró hondo, contuvo el enojo y ayudó a Liam a sentarse en el sofá de la oficina.
No pasó mucho tiempo antes de que llegara el médico de la familia. Se acercó a revisar la herida y, tras una rápida inspección, explicó con tranquilidad:
—No es nada serio, solo es una raspadura. Probablemente la piel es muy sensible, por eso se marcó esa señal en Sofía.
Hasta entonces, Sofía pudo relajarse un poco. Sin embargo, su expresión seguía distante, con las mejillas tensas y una actitud tan cortante que nadie se atrevía a acercarse.
Bea, sintiendo la tensión que llenaba el aire, parpadeó varias veces antes de soltar un llanto agudo:
—¡Mamáaaa!
Llorando y pataleando, esta vez Bea no quería quedarse más tiempo en los brazos de la abuela. Extendió sus manitas hacia Sofía, suplicando que la cargara.
Ese gesto hizo que el semblante rígido de Sofía se suavizara un poco. Se inclinó y abrazó a Bea, acunándola con fuerza.
En cuanto Bea se acomodó en el pecho de su madre, dejó de llorar de inmediato, como si nada hubiera pasado.
La abuela contempló la escena con sorpresa, y su mirada hacia Bea se volvió aún más profunda y tierna.
Había visto crecer a Santiago desde pequeño, y ni él, a esa edad, tenía la chispa que mostraba Bea.
Cuanto más observaba a Bea, más sentía que había encontrado un tesoro. No solo no podía apartar la vista de la niña, sino que también se le llenaba el corazón de ternura.
Movió los labios, tratando de suavizar el tono antes de hablar:
—Sofía, parece que el maestro Núñez está bien. Pero… la verdad es que esta vez fue Santi quien se equivocó. Como su abuela, te ofrezco una disculpa en su nombre.
Sofía seguía abrazando a Bea, dándole suaves golpecitos en la espalda para calmarla.
Sabía que, aunque Bea ya no lloraba, la pequeña seguía asustada por lo que acababa de presenciar.
—Esta situación… Espero que el presidente Cárdenas tenga una explicación para mí y para mi amigo.
El tono de Sofía era tan impasible que ni siquiera la abuela pudo convencerla.
Por primera vez, ambas se enfrentaron: una con total indiferencia, la otra a punto de romperse.
—¿Y no te interesa saber qué pasó? ¿O qué fue lo que dijo para que reaccionara así?



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