Santiago bajó la cabeza, tragándose cada palabra de su abuela sin rechistar.
Esa actitud tan sumisa despertó en la abuela un dejo de compasión; al final de cuentas, era su nieto.
—Santi, lo que una mujer busca es que la prefieran, que la cuiden. Ahora hay muchos tipos exitosos rondando a Sofía, y tú te pusiste nervioso. Pero, cuando tú andabas tan pegado a Isidora, ¿alguna vez pensaste cómo se sentía ella? —soltó la abuela con un suspiro, buscando guiarlo.
—Abuela, la regué —admitió Santiago con total sinceridad.
La abuela asintió, satisfecha al fin:
—Voy a ayudarte en lo que esté a mi alcance, pero no te prometo nada, eso dependerá más de ti.
Al escucharla, los ojos de Santiago, que hasta hace un segundo lucían apagados, volvieron a brillar con fuerza.
—¿De verdad, abuela?
El entusiasmo lo transformó por completo; parecía otra persona.
—Claro. Al final, yo también quiero cargar pronto en brazos a ese nietecito que Sofía te dará. Si a ti no te duele, a mí sí —refunfuñó la abuela, con una sonrisa traviesa—. En un par de días me voy a Olivetto, así que más te vale lucirte.
Santiago ya se imaginaba reconciliándose con Sofía, su corazón palpitando con fuerza, incapaz de ocultar su emoción.
—Abuela, esta vez te juro que haré todo como tú digas.
—Más te vale.
...
En la mansión de los Rojas.
Ivana seguía esperando a Oliver, con una expresión tan marchita como una rama seca.
Isidora había llegado especialmente para consolarla:
—Mamá, papá también es humano, tiene emociones. Si dudas de él así, es normal que se enoje.
Ivana tomó la mano de su hija, incapaz de contener las lágrimas.
—Yo solo... —sollozaba, golpeándose la cabeza con la mano libre, mirando a Isidora con dolor—. Isi, ni yo sé qué me pasa, últimamente ando inquieta, como si algo me fuera a pasar, y por eso me pongo así de paranoica.
Isidora la abrazó y le sostuvo la mano, tratando de transmitirle calma.
—No te preocupes, mamá, te entiendo. Han pasado tantas cosas últimamente...
Escuchar a alguien que la comprendía hizo que Ivana rompiera a llorar y se aferrara a Isidora como si fuera su última esperanza.
—Mamá, déjamelo a mí. Yo voy a hablar con papá, veré que deje de estar enojado y regrese a casa contigo.
Isidora palmeó los hombros flacos de su madre, aunque en su mirada asomó un destello de triunfo.
Ivana pareció recuperar fuerzas de la nada.
—¿De verdad?
Por fin volvía a verse algo de vida en sus ojos.
—Por supuesto —le sonrió Isidora—. Ahorita mismo le marco a papá.
Ivana se enderezó, tensa, observando el celular de Isidora con expectación.
—Riiing— —Riiing—
El teléfono sonaba y sonaba, pero nadie contestaba.
El entusiasmo de Ivana comenzó a apagarse poco a poco.
La sonrisa de Isidora también empezó a desvanecerse.
—Seguro está ocupado. Esperemos un poco más.
Intentó tranquilizarla, aunque vio que Ivana ya bajaba la mirada, abatida.
Esta apenas esbozó una sonrisa amarga y le hizo un gesto con la mano.
—Isi, si tu papá lo pidió, ve. No te preocupes por mí.
Isidora vaciló un instante, viendo que su madre ni siquiera se movía, antes de responder con incomodidad:
—Mamá, en cuanto termine con papá, regreso y platicamos. Seguro le pasó algo urgente, déjame ver qué necesita.
Dicho esto, salió con rapidez, agarrando su bolsa. Apenas subió al carro, volvió a marcarle a Oliver:
—Papá, ¿qué pasa? ¿Tan grave es?
La respuesta de su padre llegó seca, cargada de preocupación:
—Lázaro y su esposa se fugaron.
La noticia la sobresaltó tanto que casi choca el carro contra la barda.
—¿¡Qué!? —gritó, incrédula.
...
Al llegar de prisa al departamento, el ambiente era tan silencioso que se sentía pesado.
Leonor estaba sentada en el sofá, con Víctor en brazos.
Acababa de salir del hospital y aún no recuperaba fuerzas. Entre la salud frágil y las emociones, el cambio en ella era evidente.
Al ver a su madre, Isidora tardó un momento en reconocer a la mujer radiante que recordaba.
—Ven al estudio —ordenó Oliver desde el fondo, con esa voz grave que no admitía objeciones.
Isidora no se atrevió a quedarse; echó a correr en dirección al estudio.
Después de todo, más que preocuparse por el estado de Leonor y Víctor, lo que más le urgía era enterarse de los detalles sobre la desaparición de Lázaro y su esposa.

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