Oliver se sintió incómodo al notar tantas miradas sobre él. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y, sin pensarlo, retrocedió unos pasos mientras intentaba disimular.
—¿Ya todos están despiertos desde temprano?
—Oigan, pero yo sí juraría que hace rato escuché la voz de un hombre…
Oliver fingió buscar algo con la mirada, inquieto, como si esperara encontrar una explicación flotando en el aire.
Sofía dejó los cubiertos a un lado, tomó en brazos a Bea y se acercó lentamente. Su mirada, serena pero distante, recorrió el rostro de Oliver de arriba abajo. No pasó desapercibido el tono pálido bajo sus ojos, la huella evidente de una noche en vela.
—¿Qué hombre ni qué nada? Mira nomás a este viejo, ¿acaso crees que vamos a dejar que inventes cosas de nosotras?
Antes de que Sofía pudiera responder, Teresa dejó caer los cubiertos sobre la mesa con fuerza. Se levantó, fulminando a Oliver con la mirada, la indignación chispeando en sus ojos.
—¡Con todo respeto, no venga a inventar! Aquí no hay nada raro.
El sobresalto hizo que Oliver titubeara un instante. Al darse cuenta de que quedaba en ridículo, se recompuso de inmediato y endureció el rostro.
—Sofía, acepto que le he fallado a la familia, pero eso no te da derecho a permitir que la gente de tu casa se descontrole. Deberías ponerles límites, ¡no puedes dejar que cualquiera haga lo que quiera!
En ese momento, Oliver se irguió, sacando a relucir esa postura de patriarca que Sofía tan bien conocía.
Ella curvó apenas los labios, con una media sonrisa cargada de ironía.
—Teresa no es mi empleada ni mucho menos. Ella hace lo que le parece, y está en todo su derecho.
El tono de Sofía dejaba claro que no pensaba inmiscuirse.
La cara de Oliver se tensó de inmediato.
—Sofía, ya que has vuelto a la familia Rojas, deberías recordar que eres hija de esta casa. No puedes actuar como si no te importara nada, ni permitir que los tuyos hagan lo que quieran, eso es una falta de respeto a los mayores —reprochó, con esa autoridad digna de abuelo de pueblo.
Sofía levantó el mentón, sin intención alguna de ceder.
—Vaya, no sabía que la familia Rojas era tan estricta y cuadrada. Si así son las cosas, a lo mejor ni siquiera debería quedarme aquí. —Se acarició la barbilla, pensativa, y miró de reojo a Oliver—. De todos modos, Teresa tiene razón. ¿Qué clase de papá llega de la nada a casa de su hija y lo primero que pregunta es si hay un hombre en casa?
La mirada de Sofía, tan cortante, hizo que Oliver bajara la cabeza. El enojo con el que había llegado empezó a esfumarse, reemplazado por una extraña calma. Solo entonces cayó en cuenta de lo que acababa de decir, y una gota de sudor frío le rodó por la frente.
Se había dejado llevar por el coraje, sin pensar en lo que realmente buscaba.
Después de todo, Sofía no era la niña que necesitaba la aprobación de su padre. Ahora él dependía de ella, esperando tejer alianzas importantes para la familia Santana a través de ella. Todo gracias al esfuerzo que él e Isidora pusieron en traerla de regreso.
—Sofía, ¿cómo puedes decir eso? Me estás malinterpretando.
Oliver intentó sonreír, aunque su dignidad quedaba hecha trizas en ese instante.
Juntó las manos, fingiendo humildad.
—Teresa cocinó solo lo que hacía falta, pero pase.
Sofía abrió la puerta de par en par. El mensaje era claro: sírvete, pero no esperes banquete.
Aun así, Oliver sonrió y hasta se puso cubrezapatos en la entrada.
—Puras mujeres y aun así hay bastante comida.
Echó un vistazo a la mesa antes de sentarse.
—Ahora soy madre, y estar débil no es opción.
Sofía respondió tranquila, sentándose con Bea en brazos en su lugar habitual.
Oliver encontró un sitio libre, pero no dejaba de mirar a todos lados. Ya le habían contado que el misterioso trabajador que se llevó a Lázaro y su esposa no era otro que Marcos, el viejo amigo de Sofía y ahora especialista en el Instituto de Investigación Galileo. Si él los había sacado, tenía que ser por Sofía. Por eso, Oliver se había lanzado temprano hasta Villas del Monte Verde, esperando adelantarse a lo que sea que estuvieran planeando.
—¿Por qué si aquí solo viven ustedes, hay cuatro platos extra en la mesa?
Su mirada se quedó fija en Sofía, buscando leer en su expresión cualquier pista que le diera ventaja.

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