Sofía soltó una leve sonrisa, pero en sus palabras se notaba algo tan escalofriante que a cualquiera le habría recorrido un escalofrío por la espalda.
Esther y Maite se miraron, entendiendo al instante que la cosa iba en serio.
—Todos los que tengan pruebas de las porquerías que han hecho Oliver y Leonor, sigan recopilando todo, una por una. Cuando llegue el momento, le voy a entregar un regalito de esos que no se olvidan.
Sofía alzó la mirada, enfocando la vista en la explanada del otro lado, y su sonrisa se ensanchó.
La noche parecía volverse cada vez más espesa, y el viento traía consigo el frescor húmedo del rocío.
A pesar de eso, la fábrica comenzó a llenarse de bullicio.
Esa misma noche, Oliver llegó hecho una furia, pateando puertas y gritando órdenes.
Detrás de él venía una figura baja, encorvada, con gorra y cubrebocas, que apenas dejaba entrever un par de ojos llenos de malicia.
Los trabajadores, que ya estaban por dormirse, se despertaron con el alboroto. Incluso algunos de los jefes que rara vez se veían en el lugar salieron de sus oficinas y empezaron a recorrer los pisos, sacando a todos de sus camas.
En cuestión de minutos, toda la plantilla estaba reunida en la explanada. Las luces iluminaban cada rincón, como si fuera pleno día.
—¿Alguno de ustedes ha visto a esta persona?
Oliver apretó los dientes y, con un gesto, hizo que proyectaran la imagen del rostro de Marcos en la pared del fondo.
Todos, con los ojos hinchados y el cuerpo tambaleante de sueño, forzaban la vista para tratar de reconocerlo.
—Si alguien sabe algo y me lo dice, les aseguro que sabrá agradecerles, ¡no se queden callados!
La rabia le hervía a Oliver en el pecho, pero aun así se obligó a mantener la voz a raya.
Pasaron unos segundos de silencio hasta que, de pronto, una voz bajita y temblorosa se atrevió a hablar, rompiendo la calma de la noche.
—Ese… ese tipo no era uno de los que siempre andaban con Benito?
La pregunta atrajo la atención de Oliver de inmediato.
Con pasos rápidos, se acercó y, sin mediar palabra, lo tomó del cuello de la camisa y lo arrastró al frente.
—¿Qué dijiste? ¿De quién es amigo?
—De… de Benito, es sobrino del jefe…
El pobre sujeto encogió los hombros, mirando a Oliver como si esperara un zarpazo.
—¿Zacarías? —bramó Oliver, barriendo la multitud con la mirada—. ¡Que salga ahora mismo!
Entre murmullos y el crujir de la ropa, Hernán apareció arrastrando la panza y con expresión incómoda.
—Esto… presidenta Rojas, yo no lo conozco.
—¿Y tu sobrino?
Los ojos de Oliver brillaban con una intensidad peligrosa.
El rostro de esa figura quedaba oculto en sombras, pero en sus ojos brillaba un resplandor peligroso.
—Ya es tarde, Marcos se lo llevó.
—Tú me dijiste que fue Sofía quien lo planeó. ¿De verdad tiene tanto poder? ¿Cómo demonios supo siquiera de mi fábrica?
Oliver murmuró, en tono bajo y molesto.
—No es que ella tenga tanto poder, pero la gente que tiene a su lado, sí. —La persona dejó escapar una risita sarcástica—. Marcos es un experto en tecnología. Su último invento es un dron que puede escanear hasta a través de las paredes.
Al escuchar eso, Oliver sintió un nudo en el estómago y la seriedad se le marcó en el rostro.
—¿Entonces qué hago ahora?
La persona no respondió enseguida. En cambio, se giró para mirar de frente a Benito, como si lo estuviera evaluando.
Se acercó despacio hasta quedar frente a él.
—¿De verdad no sabes nada de dónde está?
Benito parpadeó, inseguro, y observó un poco más a fondo a aquella figura extraña y misteriosa.
Parecía…
Por la voz, ¿sería una mujer?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera