—¿Aquí es una fábrica o están contratando gente solo para cargar cosas? ¿Seguro que no se equivocaron de lugar?
El guardia frunció el ceño, claramente dudando de los que tenía frente a él.
Marcos ya estaba acostumbrado a esa reacción. Solo sonrió con tranquilidad, se agachó, levantó un costal de cemento y lo cargó sobre los hombros, lanzándolo a un lado como si nada.
Desde el carro, Maite y Esther se sorprendieron al ver la escena. Jamás imaginaron que Marcos, con ese cuerpo delgado, tuviera tanta fuerza.
—Es tu primer día, ve al área uno para que vayas agarrando la onda —dijo el guardia, haciendo un gesto con la mano para que pasara.
Recientemente, los jefes habían avisado que pensaban expandir la fábrica, así que necesitaban más personal. Por eso andaban tan nerviosos, y más si llegaba alguien tan bien parecido como él.
Pero aun así...
El guardia volvió a mirar la cara de Marcos y no pudo evitar pensar:
—Vaya desperdicio, con esa cara podría hacer cualquier otra cosa, ¿y viene a cargar costales aquí?
Suspiró por dentro, sacudiendo la cabeza con lástima.
—¿Área uno? Disculpe, amigo, ¿me puede decir cuántas áreas hay en la fábrica? ¿Cómo están distribuidas? ¿Y si quisiera ir al área dos o tres, qué necesito?
Marcos se inclinó un poco, hablando con educación y respeto.
A fin de cuentas, todos somos humanos y la primera impresión cuenta, aunque sea entre hombres. El guardia, viéndolo tan sincero y humilde, no le puso trabas.
—La dos es para los que acaban de entrar desde la última vez que expandieron la fábrica. El área tres está reservada para los más veteranos, los que ya se la saben de todas, todas. Entrar a la dos es sencillo, pero a la tres...
El guardia repasó al grupo de Marcos de pies a cabeza.
—Con ese aspecto tan bien cuidado, no sé por qué terminaste aquí, pero dudo que aguantes mucho.
—Ni lo pienses —añadió, estampando un sello en la hoja de ingreso y apurando a Marcos y a los suyos a que entraran.
Marcos no insistió. Solo, al cruzar la puerta, lanzó una mirada rápida hacia el carro donde seguían Maite y Esther.
Entró a la fábrica, y un destello plateado brilló fugazmente en su pecho antes de que la tela de la camisa lo cubriera de nuevo. Su cara volvió a la normalidad y siguió caminando con paso firme.
—Por pobre.
El otro se quedó pasmado.
—¿Por pobre?
Hasta ese momento captó que Marcos le estaba diciendo la razón por la que había llegado a la fábrica.
Aun así, el tipo no terminaba de creérselo. Lo escaneó de arriba abajo, como buscando alguna pista. Aunque la ropa de Marcos era sencilla, tenía un no sé qué que lo hacía diferente, nada que ver con cualquier trabajador común de ahí.
—¿Vienes por un trabajo temporal?
—No, de planta.
Mientras intercambiaban esas palabras, Marcos ya había abierto su maleta y empezaba a acomodar sus cosas.
En ese instante, el otro por fin entendió que Marcos no estaba bromeando.

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