Al escuchar la voz entrecortada de Fabiola, Oliver asumió que ella acababa de llegar al hospital. Las palabras de reproche que tenía a punto de salir se le quedaron atoradas en la garganta; quería reclamarle por no haberle avisado de inmediato, pero terminó callándose.
—Envíame la ubicación del hospital. Si no alcanzo a llegar, cuando despierte dile que no haga mucho alboroto ahí. Si no hay nada grave, que regrese al departamento lo antes posible.
Oliver dio las instrucciones con rapidez, y mientras hablaba, echó un vistazo al reloj.
Diez de la noche. La oscuridad ya se había apoderado de la ciudad.
Se frotó el entrecejo, con la intención de regresar a su habitación.
Pero apenas empujó la puerta, notó que la silueta que unos minutos antes descansaba en la cama, ahora estaba sentada.
Ivana lo miraba fijamente, con el rostro tenso.
—¿A dónde vas? —preguntó, sin apartar la mirada de él, apretando las sábanas con fuerza.
La pregunta lo sobresaltó. Oliver tragó saliva y trató de disimular, soltando una risa incómoda.
—Voy al baño, acabo de contestar una llamada… era uno de esos números molestos.
—Pero juraría que escuché la voz de un niño. ¿Ahora también los niños hacen llamadas de ese tipo?
Ivana no parecía convencida; sus ojos se clavaron en él, afilados como un par de cuchillas.
Con una mano en la perilla y la otra sosteniendo el celular pegado a la pierna, Oliver sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.
—¿No confías en mí? —intentó bromear, regresando poco a poco hacia la cama y abrazando a Ivana.
—Dame el celular.
Ivana sentía el pecho apretado, como si una piedra enorme la aplastara, impidiéndole respirar.
La expresión de Oliver cambió de inmediato.
—¿Y ahora qué te pasa? —preguntó, forzando la voz.
—Dámelo —insistió Ivana, ahora levantando la mano para arrebatárselo.
—Si no encuentro nada…
—¿Y qué pasaría si de todos modos me dejas revisar el celular? —replicó, con voz seca—. Solo por tu tranquilidad.
Ahora ella parecía necia, muy distinta a la Ivana dulce y dócil de antes.
Oliver bajó la mirada, desilusionado.
—Eres tú la que insiste en revisar. Eso ya significa que no confías en mí. ¿Sabes todo lo que he hecho por Sofía y la familia Santana últimamente? ¿Y ahora, solo porque soñaste algo, dudas de mí?
Ivana vaciló al ver el dolor en el rostro de Oliver, pero la voz nítida y angustiada de ese “papá” seguía resonando en su cabeza, tan real que le erizaba la piel.
—Ven conmigo —murmuró, apretando los dientes.
—Perfecto —respondió él, dejando escapar una carcajada seca y burlona.
Oliver le extendió el celular, colocándolo justo frente a ella.

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