Las largas y rectas piernas de Santiago fueron lo primero que apareció, seguidas de su figura imponente, proyectando una sombra que parecía aplastar el aire a su alrededor.
Hasta hace un instante, Sofía reía y platicaba animadamente con Liam, pero en cuanto lo vio, su expresión se endureció de golpe.
Era obvio que Santiago llegaba como un intruso en toda la extensión de la palabra.
Liam, siempre impecable, mantuvo la compostura. Apenas si se curvó una sonrisa en su boca, y su tono fue cordial y apacible.
—Vaya, qué coincidencia, presidente Cárdenas.
Pero Santiago no le prestó la menor atención. Sus ojos, ardientes como brasas, se clavaron en Sofía y apenas se desviaron por un segundo hacia Bea, a quien ella sostenía entre sus brazos.
¿En serio se había traído a Bea también?
—Para nada es coincidencia.
Soltó un bufido, visiblemente molesto.
Liam parecía haber previsto el desdén de Santiago. Sólo arqueó una ceja, sin dejar de sonreír.
Sofía, por su parte, frunció el entrecejo.
—¿Ahora qué quieres? —le soltó, sin molestarse en suavizar su tono.
Finalmente, el semblante de Santiago cambió apenas, aunque seguía cargado de tormenta.
—Recuerda quién eres. Nos vamos a casa —ordenó, su voz tan autoritaria que incluso Liam sintió que se le atragantaba la cortesía.
—Presidente Cárdenas, Sofía amablemente me invitó para agradecerme por la ayuda de ayer. ¿Eso también lo piensa controlar? —preguntó Liam, fingiendo desconcierto.
Santiago, sin embargo, levantó la mirada, oscura y penetrante, y volvió a fijarse en Sofía.
—Vinieron los Rojas. ¿De verdad quieres quedarte aquí?
Aquellas palabras cayeron como un balde de agua helada. Por más que Sofía intentara mantener el semblante sereno, sus dedos temblaron levemente.
Por fin, se obligó a mirar de frente a Santiago, intentando descifrar si aquello era cierto o sólo una treta más.
Santiago la miraba con seriedad, sin el menor titubeo.
El brazo con el que Sofía sostenía a Bea se tensó.
No había duda, era cierto.
¿Por qué la familia Rojas habría de aparecer de pronto? Cuando algo así ocurría, seguro traía cola.
¿Quién llegó? ¿Por qué?
Preguntas y más preguntas le retumbaban en la cabeza.
No tenía ni tiempo ni paciencia para dejar que esas dudas la devoraran, así que, con el ceño endurecido, decidió marcharse en taxi de inmediato hacia Villas del Monte Verde.
Le regaló a Liam una sonrisa triste, la chispa de sus ojos se apagó.
Liam sintió un tirón en el pecho, pero aunque lamentaba dejarla ir, no la detuvo. Solo sonrió con caballerosidad y dijo que podrían reagendar otro día.
—A la próxima —aventó Liam, aunque esas palabras provocaron varias carcajadas sarcásticas de Santiago.
Sofía no miró atrás. Subió al taxi que acababa de detenerse y se alejó.
El gesto de Santiago se ensombreció aún más.
Sofía se fue con la niña. Santiago, en vez de seguirla, se quedó para fulminar con la mirada a Liam.
Liam no perdió su aire educado, pero en sus ojos se leía una distancia infranqueable.
—Aléjate de ella —gruñó Santiago, la voz grave, casi demoníaca.
Entre más lo pensaba, más se enfurecía.
—Si no fuera por los Rojas, ¿ibas a seguir coqueteando con ese tal Vargas en plena calle? ¿En dos minutos más ya iban a casarse, o qué? —soltó Santiago, mordaz, con una mueca de desprecio.
Sofía no se quedó callada.
—Por supuesto que sí. Si quieres, firmamos el divorcio de una vez, así no me cargo el pecado de la bigamia.
Dicho eso, se giró para ir por los papeles del divorcio.
La mirada de Santiago se endureció tanto que parecía hielo.
Le sujetó la muñeca con fuerza.
—¿Tan importante es para ti hacerme enojar, Sofía?
Las palabras salieron entre dientes, cargadas de obstinación y un dejo de tristeza.
Sofía levantó la cara y lo enfrentó.
—¿No eres tú quien me orilla a esto?
—Entre nosotros no hay nada. ¿Para qué seguir con esta farsa? Mejor cada quien por su lado.
La mandíbula de Sofía estaba tan tensa que parecía de piedra. Logró zafarse de la mano de Santiago y volvió a intentar marcharse.
Pero fue justo ahí cuando a Santiago se le rompió algo por dentro.
¿Nada de sentimientos? ¿Cómo que no?
¿Acaso no lo había amado antes?
El pecho de Santiago subía y bajaba con violencia. Sin pensarlo, la atrapó entre sus brazos, aferrándose como si pudiera evitar que se le escapara por siempre jamás.

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