¿En qué se diferencia esto de un peluche gigante? Además, hasta la textura y el calorcito se parecen.
A Liam se le notaba la fascinación en el rostro. Aunque era la primera vez que intentaba cargar a un bebé, y todavía se le notaba algo torpe en los movimientos, el tipo no dejaba de preocuparse por Bea, abrazándola con tanta firmeza como ternura.
Sofía, que había visto a ese mismo hombre moverse con absoluta seguridad en el centro comercial, no pudo evitar reírse al ver lo perdido que se veía ante una niña. Aun así, por más que quisiera reírse, no podía negar que la escena era enternecedora.
Liam, por lo visto, aprendía rápido. Al poco rato, ya había ajustado su postura, sosteniendo a Bea de una forma mucho más cómoda.
Bea parecía disfrutarlo. Cada vez que Liam la mecía y le susurraba cosas, la niña soltaba carcajadas felices.
Hasta se animó a saludar a su manera: moviendo la cabecita de un lado a otro, como si estuviera bailando al ritmo de una cumbia.
Tenía la cabeza redondeada y los cachetitos llenos, y por la temporada solo llevaba puesto un gorrito rosa que le cubría la mollera. Con esos gestos, de verdad parecía una muñeca de lo linda que se veía.
Su voz clara y alegre sonaba como campanitas. Liam la miraba con un cariño difícil de ocultar.
De repente, levantó la mirada, con un impulso tan genuino como intenso en la voz:
—Señorita Rojas, tal vez esto suene un poco atrevido y espero no asustarla, pero…
Sofía se quedó helada ante el repentino cambio de tono, y agitó la mano, animándolo a que hablara sin rodeos.
Liam asintió:
—Señorita Rojas, quiero casarme con usted.
—Cásese conmigo. Le daré todo lo que tengo: fama, poder, mis bienes… puede escoger lo que quiera.
A Sofía sí que la agarró desprevenida. Sus ojos se abrieron como platos, y se quedó mirándolo, como si intentara comprobar si estaba bromeando.
Liam notó la confusión enseguida y negó con la cabeza:
—Señorita Rojas, hablo completamente en serio.
Sofía sentía las mejillas ardiendo, incapaz de entender cómo había llegado a esto.
Tal como Santiago le había dicho el día anterior, la mancha de su pasado no iba a borrarse tan fácil. Cargaría con la etiqueta de ex presidiaria por mucho tiempo, y ni hablar de que ahora tenía una hija.
Liam, sin rodeos, le confesó que él no podía tener hijos. Bajó la vista hacia la niña, que balbuceaba en sus brazos:
—Me gusta mucho Bea. Desde el primer momento, me gustó.
A Sofía no le quedó de otra más que reírse ante el absurdo.
Nunca imaginó que la primera vez que alguien le propusiera matrimonio fuera porque se había encariñado con su hija.
Liam la miró, pero no agregó nada más.
Por supuesto, no era solo por la niña.
Él no era como esos hombres de los programas de Nueva Castilla que se casan solo porque hay un niño de por medio.
[Oigan, ¿se acuerdan que a Sofía no solo la acusaban de usar ropa falsa o de tener identidad dudosa? Siempre estuvo el misterio del origen de esa niña… Pero se decía que la persona detrás de todo era tan poderosa, que logró borrar cualquier rastro. Ni una foto de la niña quedó en internet.]
[No me digan que esa niña es hija del presidente Vargas… ¿Será que Sofía y el presidente Vargas ya tenían algo desde antes? ¿Por eso vino desde tan lejos a defenderla?]
…
Mientras tanto, los interesados en el chisme seguían armando historias, pero los protagonistas ni enterados. Sofía y Liam caminaban por la calle, platicando y riendo.
Liam cargaba a Bea, según él para que Sofía no se cansara, aunque cualquiera podía ver que estaba encantado con la niña y no quería soltarla por nada.
Sofía, al notarlo, solo sonrió y dejó que los dos disfrutaran.
Iban sin rumbo, deteniéndose en cada tienda que llamaba la atención. Sofía aprovechaba para mostrarle a Liam los platillos típicos de Olivetto y los artesanías que tanto la enorgullecían.
Así siguieron hasta llegar al final de la calle. Allí, un Bugatti Veyron azul bloqueaba el paso, con las luces parpadeando como si fueran una mirada amenazante dirigida directo a Sofía.
Sofía sintió una punzada de molestia. Iba a girar para evitar ese carro, pero justo en ese momento, el vehículo arrancó y le cerró el paso.
Estaba claro que iban directo a buscarla.
La ventana se bajó justo cuando Sofía fruncía el ceño, y apareció el rostro tenso y severo de Santiago, con los ojos fijos en las manos de Liam, que seguía cargando a Bea.
El ambiente dentro del carro se sentía denso, casi como si la tormenta estuviera a punto de estallar.
En ese instante, la puerta del carro se abrió de golpe.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera