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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 257

El aliento helado de Santiago se estrelló contra el cuello de Sofía, haciéndola quedarse completamente rígida.

—¡No estoy de acuerdo!

Soltó esas palabras entre dientes, la rabia vibrando en cada sílaba.

Sofía sintió algo extraño en el aire, pero antes de poder reaccionar, Santiago ya la había levantado en brazos, sujetándola con fuerza.

Todo pareció elevarse de repente, su cuerpo quedó suspendido en el aire.

Abrió los ojos desorbitados y comenzó a forcejear con desesperación.

—¡Santiago! ¿Estás loco?

Aquel hombre parecía hecho de hielo, como una escultura sin emociones, caminando con ella en brazos a paso firme y decidido.

Sofía vio hacia dónde se dirigía y reconoció el camino: la estaba llevando directo a su cuarto.

Un frío le recorrió la espalda. Redobló su lucha, agitando las piernas.

—¡Suéltame! ¡Déjame!

—¡Santiago, si no me sueltas ahora… te voy a odiar toda mi vida!

Fue lo más fuerte que se le ocurrió, apenas hallando las palabras. Finalmente, los ojos de Santiago se movieron y chocaron con los suyos, tan ligeros y distantes que un escalofrío le cruzó el alma.

¿Qué clase de mirada era esa? Tan arrogante, tan vacía, como si estuviera mirando a un fantasma dolido.

Santiago sonrió con un dejo oscuro, su voz se tornó terca y sombría.

—Entonces ódiame.

...

—¡Pum!

La puerta del cuarto se cerró de golpe. Sofía seguía aturdida, como si todo fuera irreal, pero en un pestañeo, la sensación se evaporó.

Santiago la arrojó a la cama. Sus manos, tensas y marcadas por las venas, fueron enseguida a arrancarse la corbata.

Sofía volvió en sí de golpe, redoblando la resistencia.

—¡Santiago, estás enfermo! ¡Si te atreves a tocarme, te vas a arrepentir!

Pero sus palabras quedaron atrapadas en el aire; en el siguiente instante, Santiago la besó con una fuerza brutal, acallando toda protesta.

Los ojos de Sofía, grandes y asustados, se clavaron en el hombre que la devoraba sin piedad, los párpados de él apretados como si no quisiera ver nada.

—...Mmm...

Santiago le sujetó las manos y las llevó sobre su cabeza, dejándola inmóvil, como un pez atrapado en una tabla, a punto de ser sacrificado. La humillación la inundó.

Santiago seguía con los ojos cerrados, sin saber si era por placer o porque no quería ver el dolor en el rostro de Sofía.

Él forzó sus labios, obligando a Sofía a abrir la boca y a que sus lenguas se encontraran, cada vez con mayor intensidad. Su respiración se volvió pesada, abrasadora.

Sofía sentía que le faltaba el aire, la vista se le nublaba.

Justo cuando pensó que Santiago no se detendría, él paró de pronto.

El calor de su aliento seguía en su cuello, la voz de Santiago sonó áspera y cargada de deseo:

—Ódiame, pero hazlo en serio. Que no se te olvide nunca.

Soltó una risa baja, pero no había ni rastro de satisfacción, solo una tristeza profunda.

El vestido rasgado apenas cubría su vientre y lo más íntimo, dejando expuesta casi toda su piel.

El corazón de Santiago dio un vuelco. De pronto, le vino a la mente aquella noche absurda de hace un año.

Rápido, soltó las manos de Sofía.

Apenas las liberó, ella reaccionó con furia, empujándolo lejos.

El brusco movimiento hizo que su ropa, ya destrozada, apenas se sostuviera en el pecho.

De inmediato, Sofía se abrazó a la sábana, envolviéndose con ella como si le fuera la vida en ello. Le lanzó a Santiago una mirada llena de odio.

—Yo...

Santiago quiso decir algo, pero la voz se le atoró en la garganta, incapaz de sacar palabra.

Sus ojos se fijaron en el rostro de Sofía, el único trozo visible de su cuerpo.

Ahora, el rojo había desaparecido, dejándola completamente pálida.

—Santiago, jamás te voy a perdonar.

Sofía sonrió de golpe.

Santiago se quedó mirando esa sonrisa rota, cargada de desesperanza, y el pánico lo inundó.

Extendió la mano para tocarla, pero Sofía, veloz, le apartó la mano de un manotazo.

—¡Paf!

El golpe resonó en el silencio de la habitación, tajante como un trueno.

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