Baltazar solo deseaba que su nieta pudiera llegar a la vejez en paz y rodeada de felicidad. No pedía más.
Aprovechando el tiempo que le quedaba, también quería examinar al futuro esposo de su nieta, algo que tenía perfectamente contemplado en su plan de vida.
Lucas ni siquiera se imaginaba que, casi sin querer, había conseguido una puntuación altísima en el corazón del viejo.
...
Natalia manejaba y se divertía al mismo tiempo; cada vez que un paisaje lograba cautivarla, detenía el carro en una zona segura y sacaba varias fotos.
Había presenciado amaneceres completamente sola, y también había disfrutado de atardeceres sin más compañía que la suya.
A veces, se animaba a platicar con otros viajeros solitarios como ella, y terminaba sumándose a algún grupo de turistas que también recorría la ruta en caravana.
—Natalia, Renzo preparó pizza. —le avisó uno de los chicos del grupo.
Natalia agradeció, tomó un trozo y le dio una mordida.
—¡Está buenísima! —exclamó con una sonrisa genuina.
Renzo, que apenas tenía veintidós años, se sonrojó al escuchar el cumplido.
—Qué bueno que te guste. —respondió, bajando la mirada.
Este amigo extranjero tenía algo peculiar; cada vez que Natalia le hablaba, parecía ponerse nervioso y sus mejillas se encendían.
Todo estalló una noche, cuando el grupo entero esperaba la lluvia de estrellas. Renzo, incapaz ya de guardar lo que sentía, se sentó a su lado.
—Natalia, me gustas. —soltó con voz temblorosa—. Cuando te veo, siento que es como revivir mi primer amor. ¿Te gustaría ser mi novia?
Justo en ese momento, una estrella fugaz cruzó el cielo, como si hasta el universo se animara a concederle un deseo a Renzo.
Pero pedirle un deseo a una estrella fugaz solo funciona en los cuentos. Natalia lo miró con cierta lástima y negó suavemente con la cabeza.
—Perdón, por ahora no estoy pensando en tener novio.
Renzo, sin embargo, no se vino abajo.
Ella solo había dicho que “por ahora” no quería tener novio. Quién sabe, tal vez en el futuro cambiara de opinión.
Era un chico alegre y lleno de energía, y ni siquiera después de ser rechazado su ánimo decayó.
Natalia siguió viajando en la caravana junto a ellos, rumbo a las montañas Rocosas.
Las diferencias de temperatura entre el día y la noche eran brutales, así que Natalia tuvo que sacar su chamarra gruesa.
Cuando los viajeros divisaron las inmensas montañas cubiertas de nieve en la distancia, alguien gritó su nombre entusiasmado.

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