Natalia llevaba tres días sin recibir noticias de Lucas. Al principio, ni le dio importancia.
Pero entonces, su abuelo le soltó que quizá Lucas iba a regresar a su país.
En ese instante, sintió un ligero sobresalto en el pecho.
—Abuelo, ¿cómo sabes eso?
¿Cuándo se había vuelto tan cercano a Lucas?
Baltazar, convencido de que su nieta ya debía enterarse de ciertas cosas, le contestó:
—Lucas abrió aquí un local de bebidas fermentadas, y tiene de todo lo que a mí me gusta. A veces jugamos ajedrez juntos, ¿no lo sabías?
—Mira, no es que yo vaya a buscarlo adrede. Pero este muchacho, parece que quisiera traerse la mitad de la colección de su papá para acá. Si yo no voy a echarle un vistazo, se vería mal, ¿no crees?
—Lucas tal vez no sea muy bueno para decir cosas bonitas, pero eso sí, sabe hacer las cosas.
Natalia no pudo evitar torcer la boca.
¿Cómo era que su abuelo, así de la nada, estaba hablando tan bien de él?
—Me dijo que va a regresar a ver a su familia, que quiere estar con ellos en el Día de los Muertos. Y que luego quizá ya no venga tan seguido... Total, tú tampoco le das mucha entrada.
Mientras tanto, Orlando escuchaba todo sin decir nada. Le sirvió sopa a su hermana y le dijo:
—Tómala antes de que se enfríe.
Natalia apretó los labios, pensativa.
Al terminar la comida, antes de regresar a su cuarto, se desvió para ir al cuarto del abuelo.
—Abuelo, ¿ya se fue él?
Baltazar sonrió por dentro; al parecer, Lucas tampoco estaba tan solo en esto.
—Dijo que su vuelo sale mañana en la mañana. Solo hay un vuelo a Ciudad del Confluente, y es el de mañana.
La indirecta era más que clara.
Natalia salió del cuarto, dándole vueltas al asunto, y apenas entró a su recámara, se dejó caer en la cama.
Quería ir, pero también no. Esa indecisión la dejó sin sueño.
Estuvo un buen rato revisando el historial de WhatsApp entre los dos, molesta. Ese hombre no era confiable.
¿A poco ya se cansó de perseguirme tan rápido?
Con ese enojo, acabó quedándose dormida.
...
Cuando despertó, ¡ya eran las diez!
La noche anterior había revisado y sabía que solo había un vuelo a Ciudad del Confluente, a las diez y media. Ya no llegaba al aeropuerto ni de milagro.
Se sintió desanimada al ver la bandeja de mensajes vacía en su celular.
Ese hombre, ni siquiera se había despedido.
Se levantó con desgana, se lavó la cara y los dientes, y más tarde, se sentó frente a la mesa con un sándwich en la mano, sin ganas de comer.
Baltazar miró el reloj de la pared.
—Natalia, ¿no vas a ir a trabajar hoy?


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