Carolina forzó una sonrisa, intentando mantenerse erguida.
—Jeje, qué lástima, qué lástima que no te hayas graduado antes. Así podrías haber defendido a Marisol, ¿no? Tal vez hasta le habrías reducido la condena.
—Todo es tu culpa por ser tan inútil. Si te hubieras graduado antes, Marisol no habría tenido que soportar que yo me metiera con ella, ¿verdad?
Carolina lo provocaba a propósito, buscando hacerlo estallar.
—Toda la vida estuvo protegida en la familia Loza, consentida y mimada. Y ahora está durmiendo en una cama de metal helada. ¿Crees que te sueña por las noches?
Enzo respiró con dificultad, y apagó el carro de golpe.
La puerta trasera se abrió de un tirón. Enzo la sujetó del cabello con fuerza.
—Carolina, di una palabra más y te juro que en este momento te mato.
Carolina soltó una risita, como si todo le pareciera un juego.
—No, no vas a matarme. Por ahora no. Todavía planeas llevarme a tu escondite, ¿verdad? Vas a usarme para amenazar a mi esposo. ¿Cómo te atreverías a matarme antes de eso?
—¿O me equivoco, Enzo?
La verdad, Enzo no pensaba dejarla morir de forma sencilla. Quería que Mauro la viera sufrir, que sintiera cómo la vida de la mujer que amaba se le escapaba de las manos, poco a poco.
Que lo atraparan o no, ya no le importaba.
No era ningún ingenuo: amenazar a Mauro para que liberara a Marisol nunca resultaría.
Él mismo tendría que hacer justicia, vengar a Marisol con sus propias manos.
Cuando ella terminara sus cinco años encerrada, no quedaría nadie capaz de hacerle daño.
—No tienes que amenazarme, no vas a sobrevivir. Y tampoco hace falta que intentes provocarme, solo vas a acelerar tu final.
Enzo apretó con ambas manos el cuello de Carolina. Poco a poco, el aire se le fue escapando.
—¿Sigues intentando provocarme? ¿Ya te dio miedo? Más te valía tener miedo desde que subiste a este carro hoy. Mejor compórtate, y tal vez te deje morir sin tanto sufrimiento.
—¡Pum!—
Un golpe sordo retumbó, impactando el cuerpo de Enzo.
En medio de su respiración agitada, Carolina alcanzó a ver el rostro endurecido de Mauro.
Se le dibujó una sonrisa apenas perceptible. Por fin había llegado.
Enzo sintió el ataque por la espalda, soltando un quejido ahogado mientras la espalda le ardía.
Aflojó las manos y, al girar, se topó con la mirada cargada de furia de Mauro.
Mauro lo arrastró lejos, literalmente lo arrastró, aunque Enzo medía casi uno setenta y ocho, pero estaba demasiado flaco.
Mauro lo jaló unos dos metros, y lo lanzó con fuerza al suelo.

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