Carolina ni siquiera se enteró de todo ese chisme.
Mauro, por su parte, recibió la foto y se sintió tan feliz que de inmediato la puso de fondo de pantalla y la presumió en el grupo.
Hasta le escribió especialmente a Joel Huerta:
[Ve los mensajes del grupo.]
Porque Joel tenía la costumbre de silenciar las notificaciones del grupo.
Mauro no podía dejar pasar ninguna oportunidad de presumir su felicidad. Había que asegurarse de que todos recibieran su dosis de envidia, ¿o no?
Joel, por cierto, solo había dormido tres horas esa noche.
A la medianoche, Mónica Loza tuvo dolor de panza. Llamaron al doctor y les dijo que no era nada grave, todo era normal.
La recta final del embarazo era una verdadera prueba, y Joel hubiera querido poder cargar él mismo con ese malestar para que su esposa no sufriera tanto.
Cada embarazo es distinto, cada persona lo vive a su manera.
El problema era que Mónica tenía una sensibilidad especial para el malestar.
Joel bostezó, se tiró en el sofá con la idea de dormir un rato, pero justo entonces le llegó el mensaje de Mauro.
[Señor Mauro, ¿a qué grupo? Mejor lo veo cuando despierte.]
[¡No! ¡Tienes que ver ya! Si no lo ves, no vas a tener una niña.]
—¡Caray! —masculló Joel—. Mi esposa está a una semana de dar a luz y este tipo viene a echarme la sal.
Pero, aunque le molestaba, no podía evitar sentir un poco de miedo supersticioso.
En cuanto abrió el grupo, casi deseó que sus ojos le estuvieran jugando una mala pasada.
[Joel: .]
[Ricardo Díaz: .]
[Lucas Pacheco salió del grupo.]
Mauro soltó un chasquido.
[¿Quién metió a Lucas aquí? No aguanta nada, así jamás va a conseguir esposa.]
Si Lucas hubiera leído eso, seguro le habría contestado con un par de insultos.
Satisfecho, Mauro cerró el grupo. Tenía que ir a buscar a su esposa.
Aunque esa tal Verónica no dejaba de acapararla.
...
—Carolina, qué lástima que no viste la lluvia de estrellas anoche.
—Todas pedimos un deseo.
Carolina sonrió amable.
—¿Y tú qué pediste?
—Pues yo... que algún día encuentre a un esposo que me quiera y me cuide tanto como el tuyo. Si además tiene un poquito de dinero, mejor.
—Yo pedí que el próximo año me suban el sueldo al doble. Así podré alcanzarte, Carolina.
—Y yo... yo solo pedí que mi mamá se cure.
Carolina mantuvo su sonrisa suave. Cada quien traía su propio sueño, pero todos apuntaban a un futuro mejor.
En voz baja, murmuró:
—Si yo pudiera pedir un deseo, pediría tener un bebé sano, un angelito.
—¿Qué dijiste, Carolina? —preguntó Verónica, girándose.
Carolina negó con la cabeza.
—Nada, no te preocupes.
...
Al mediodía todos se organizaron para el asado.
Los que sabían cocinar se ofrecieron para la parrilla.
Carolina, en cambio, prefirió quedarse sentada, descansando mientras los demás se aglomeraban alrededor del fuego.
No lo hacía por floja, simplemente había mucha gente y el espacio era reducido.
Verónica, atenta como siempre, se acercó con un plato de pescado recién asado y repartió entre todos.
—Carito, sé que te encanta el pescado. Este pedazo de cola es para ti.
Carolina aceptó sonriente.
Fabián, que estaba al lado, también se pellizcó.
—No es un sueño, yo también lo vi. Hasta me dolió el pellizco.
Ambos se miraron, sorprendidos. ¿Desde cuándo Carolina y el jefe de Grupo Loza tenían algo?
...
No solo Verónica lo vio. Muchos empleados de Grupo Loza presenciaron la escena.
El rumor se regó como pólvora y la gente empezó a cuchichear.
Verónica miró al jefe de su equipo, que seguía como si nada.
—Oye, jefe, ¿tú ya sabías de esto?
Hugo, mientras tanto, solo le mandaba mensajes a Mauro:
[Concéntrate en tu asado y no hagas escándalo.]
Buen consejo, pensó Verónica, pero sentía que estaba a punto de presenciar un chisme enorme.
Sus amigas, sus compañeras, ¡qué nivel!
—Ya, bájame, vas a hacer que vomite otra vez —le reclamó Carolina, dándole golpecitos en el pecho.
—No te preocupes, aquí estoy yo. Vamos de inmediato al hospital.
Carolina le jaló la camisa.
—No seas bruto, no creo que sea gastritis.
Mauro se detuvo en seco.
—¿Entonces qué es? Te pusiste blanca del susto.
Los ojos de Carolina brillaron.
—Mauro, este mes mi periodo se retrasó veinte días.
De pronto, a Mauro le explotó la cabeza.
—¿Me estás diciendo...
—Mejor bájame y pide que alguien traiga unas pruebas de embarazo, ¿sí?

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