Mauro alzó una ceja, visiblemente molesto.
—¿Solo un poco? ¿Eso es todo?
Carolina mantuvo los ojos cerrados, sus largas pestañas temblando apenas. Se acercó y besó sus labios con suavidad.
Mauro le cedió el control, dispuesto a dejarse llevar por su iniciativa, disfrutando cada caricia, cada roce de su lengua y sus labios.
Dentro de la pequeña tienda de campaña, los sonidos de ambos entrelazados se escuchaban claros, tan nítidos que hasta el aire parecía sonrojarse.
El ambiente se volvió tan intenso que cualquiera al pasar podría haberse puesto rojo de la vergüenza.
Justo en el instante en que los dedos de Mauro rozaron la espalda de Carolina, el celular de ella comenzó a sonar.
Ambos se sobresaltaron, como si los hubieran atrapado en pleno delito.
Carolina, con el corazón latiendo a mil por hora, sacó de su bolsillo el celular que vibraba sin parar. En la pantalla apareció el nombre de Verónica, su compañera de trabajo.
—¿Bueno? —Carolina trató de sonar natural.
[—Carolina, ¿dónde andas? ¡Te busqué en la tienda, quería que salieras a tomarte unas fotos conmigo!]
Carolina titubeó, intentando pensar rápido.
—Ah, Verónica… es que fui al baño. Hoy no me siento bien, mejor me quedo aquí y no los acompaño a jugar.
Mauro, travieso, le mordisqueó el lóbulo de la oreja y con la punta de la lengua recorrió su contorno, provocando que Carolina comenzara a respirar agitadamente. Tuvo que apretarse la pierna para evitar dejar escapar algún gemido.
—Verónica, anoche mi perro no me dejó dormir, así que amanecí fatal. Ustedes diviértanse, nos vemos mañana.
[—Bueno, ni modo… nos vemos mañana entonces.]
Verónica colgó, pero quedó pensativa. ¿Desde cuándo Carolina tenía perro?
Carolina terminó la llamada, a la vez apenada y molesta.
—Mauro, ¿por qué no mejor te consigo una correa? ¿Naciste para ser perro o qué?
—¡Guau! —contestó Mauro, imitándola.
Después de ese primer ladrido, parecía que hasta le había encontrado el gusto al papel de perro.
—Amor, quédate conmigo esta noche. Sin ti no puedo dormir.
Carolina le empujaba la cabeza, que insistía en buscar refugio en su cuello. El cabello suave de Mauro le hacía cosquillas en la piel.
—Deja de hacer tonterías, Mauro. Si alguien nos descubre, estoy perdida.
—Nadie nos va a descubrir. Tenemos quien nos cubra.
Carolina solo pudo suspirar resignada.
...
En ese momento, Kevin salió de su propia tienda, envuelto en una chamarra y estornudando con fuerza. Fue directo a la tienda de Carolina y aseguró la cremallera con un candado, para que nadie notara que ella no estaba adentro. Luego, sobándose la nariz irritada, volvió a su tienda.
A las cinco de la mañana, Carolina ya estaba en el mirador, el lugar ideal para ver el amanecer según todos.
Nunca había tenido oportunidad de presenciar un amanecer así, tan llena de expectación, se quedó quieta contemplando el horizonte.
Poco a poco, la gente empezó a levantarse también y caminar hacia el mismo sitio.
Mauro llegó con paso seguro, se paró junto a ella, hombro con hombro.
Un clic interrumpió el silencio.
Detrás de ellos, se oyó el sonido nítido de una cámara.
Mauro se volvió, sus ojos brillando con una intensidad cortante. El empleado de recursos humanos sintió que el corazón se le subía hasta la garganta.
—Disculpe, señor Loza, ya la borro. Es que la escena se veía tan bonita, tan armónica, que saqué una foto sin pensar, solo para practicar...
Mauro se acercó, tomó la cámara que el empleado le ofrecía.
—Te quedó bien.
El empleado, recibiendo el elogio, suspiró aliviado.
—Envíamela, y esta vez no te quito nada de tu sueldo.
[El empleado: ...]

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