Al terminar la fogata, Carolina Sanabria seguía inquieta, como si algo se le hubiese quedado atorado en el pecho. La mayoría de los demás seguía platicando animadamente, pero ella no lograba relajarse.
Verónica se le acercó con una sonrisa y la invitó a salir a ver la luna y las estrellas, diciendo que esa noche habría lluvia de meteoritos.
Carolina negó con la cabeza, rechazando la invitación con una sonrisa amable. Sintió que necesitaba estar sola. Regresó a su tienda de campaña, se sentó en la oscuridad y repasó mentalmente todos sus recuerdos.
Estaba casi segura de que jamás había tenido una relación secreta con Mauro Loza en la adolescencia.
La verdad, y aunque sonara un poco duro, su primer amor siempre había sido Alexis Loza.
[Ven a mi tienda.]
El mensaje de Mauro la sorprendió. Carolina miró a todos lados antes de moverse, asegurándose de que nadie la viera. En silencio, levantó el cierre de su tienda y cruzó rápido el campamento, hasta meterse en la tienda de Mauro.
Apenas entró, Mauro la abrazó con fuerza, envolviéndola como si tuviera miedo de que se escapara.
—Oye, tu tienda parece más grande que la mía —bromeó Carolina, mirando a su alrededor.
Mauro sonrió ampliamente.
—Claro, le pedí al dueño del lugar que me consiguiera una especial. ¡Tiene cama extragrande!
Carolina soltó un suspiro de resignación. Solo a Mauro se le ocurriría poner semejante colchón en medio del campo.
—A ver, dime la verdad —le reclamó Carolina con una falsa seriedad, señalándolo con el dedo—, ¿qué onda con eso de tu primer amor?
Mauro, sin responder, tomó la mano de Carolina y comenzó a jugar con sus dedos, besándolos y lamiéndolos de forma provocadora.
Era solo un gesto pequeño, pero Carolina sintió como sus mejillas se sonrojaban y el calor le subía hasta las orejas.
—¿Te acuerdas de aquel verano en el lago? Cuando estabas en segundo de prepa y te la pasabas jugando ese videojuego —susurró Mauro, mirándola directamente a los ojos.
Los ojos de Carolina se abrieron de par en par.
—No... ¿No me digas que...?
—¿Eras tú Mauro&Carol? —preguntó Carolina, incrédula.
Mauro soltó una carcajada suave.
—Ay, manita. Mi nombre más el tuyo, ¿y aun así no lo reconociste?
Carolina sintió que todo su mundo daba vueltas. Desde niña había sido la consentida de su abuelita, la estudiante ejemplar de los maestros. Pero no importaba cuánto se esforzara, jamás había logrado que su padre, Pablo Sanabria, le diera una sonrisa genuina.
Por eso, cuando cumplió diecisiete años y ni siquiera una calificación perfecta le bastó para ganarse el cariño de su papá, Carolina se rebeló por primera vez. Ese verano dejó de estudiar y se perdió por completo en un videojuego de fantasía, donde pasaba las horas sin parar.
—¿Y ya te gustaba yo en ese entonces?
Mauro asintió con la misma seguridad de siempre.
—Por supuesto.
Carolina lo abrazó con fuerza, apoyando la cabeza en el hueco de su cuello. De pronto, la voz se le volvió suave, casi tímida.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? Si me lo hubieras contado antes, tal vez...
—Tal vez me habrías amado primero a mí —murmuró Mauro, con una sonrisa un poco triste—. Pero, Carolina, en ese tiempo todavía eras menor. Y yo... bueno, me la pasé mirando esa rosa tanto tiempo, que en un abrir y cerrar de ojos, ya alguien más te había robado el corazón.
Mauro siempre había sido un hombre de principios, tal como decía Benjamín Loza. Pero esta vez, cada vez que pensaba en ese error, el remordimiento lo carcomía.
Si hubiera aparecido antes de que Alexis se comprometiera con ella, ¿Carolina lo habría amado primero? Nadie podía responder a esa pregunta. Ni siquiera Carolina.
Por eso, si no hubiera sido por la sinceridad de anoche, Mauro jamás le habría confesado ese secreto.
Carolina sonrió y lo miró a los ojos.
—Amor, hoy te quiero todavía un poquito más.

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