Marisol sintió cómo le caía encima una condena de muerte. Todo se había desmoronado.
¿De verdad no existía ni una sola oportunidad de reconciliarse con Alexis? ¿De verdad el divorcio era el final? No podía aceptar la idea. Sentía que lo había perdido todo, que había dejado escapar la victoria teniéndola en las manos. Una jugada perfecta, convertida en desastre por su propia culpa.
Mientras repasaba cada paso en su mente, la angustia la devoraba. ¿Cómo había terminado así? ¿Por qué la vida la había traído hasta este abismo?
De pronto, en su cabeza apareció el rostro sereno y elegante de Carolina.
¡Ella! Todo esto era culpa de Carolina. Esa mujer había arruinado su vida.
—¡Pa, pa!—
Carolina, con una leve sonrisa en los labios y los ojos llenos de una calma inquietante, aplaudió dos veces.
—¡Qué espectáculo! De verdad, Marisol, nunca imaginé verte tan derrotada.
Marisol la fulminó con la mirada, los ojos enrojecidos por la rabia.
—¡Eres tú, Carolina! ¡Todo esto es parte de tu plan! ¡Tú fuiste la que me arruinó la vida!
El odio la invadía. Si hubiera podido, la habría borrado de la faz de la tierra.
Carolina mantenía en su rostro aquella media sonrisa, casi de burla.
—¿Y ya te pusiste así de nerviosa? —le soltó, sin perder la compostura—. La verdad, Marisol, pensé que serías más lista. Pero ahora veo que tampoco eres la gran cosa.
Su mirada se volvió más dura, cortante.
—¿Y si te digo que, desde el día que te casaste con Alexis, ya sabía que iban a terminar así? ¿Qué pensarías?
Carolina se sentó frente a ella, cruzó una pierna y continuó con voz tranquila:
—Tienes experiencia con los hombres, sabes muy bien cómo aprovechar tus ventajas, y usaste tu historia triste para ganarte la compasión de Alexis. Ese es tu juego favorito, ¿no?
—Pero quizá se te olvida algo: los hombres siempre buscan lo nuevo, siempre desean lo que no pueden tener. Cuando ya lo consiguen, empieza la cuenta regresiva para que se aburran de ti.
—Ahora que me casé con su tío, Alexis no hace más que compararte conmigo. Y mira, ya empezó a arrepentirse.
Marisol soltó un grito lleno de rabia.
—¡Desgraciada! ¡Sabía que tú fuiste la que lo hizo cambiar de opinión!
Carolina le respondió con una carcajada burlona.
—¿Que lo seduje? ¿Tú crees que él puede compararse con su tío?
—Las mujeres se sienten atraídas por el poder, y los hombres igual. ¿Ya se te olvidó que por tu culpa mi abuelita se enfermó? Todo lo que te está pasando es consecuencia de tus propias decisiones.
—Mauro... —Alargó la mano para tomar la suya, pero él la esquivó con naturalidad.
—¿Te divertiste usando mi influencia para provocar a Alexis y meterte en su relación? ¿Te sentiste satisfecha con tu juego?
Carolina apretó los labios, un poco avergonzada y con voz baja murmuró:
—Pues tú fuiste el primero en decirme que aprovechara tu apoyo...
—¿Ahora sí te quieres retractar? —añadió, con tono irónico.
—Habla más fuerte, que no te entiendo nada con esos susurros —le espetó Mauro, sin mostrar emoción en el rostro.
Carolina sintió ganas de llorar.
—¡Eres un amargado! —soltó, sin poder evitarlo.
Mauro soltó una risa contenida y, sin previo aviso, la jaló de la cintura, llevándola hacia la escalera de emergencia.
—Pa, pa—. Le dio dos palmadas en la cadera, acercándola a él.
—A ver, repíteme quién es el amargado ahora.

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