Cuando Carolina llegó a casa, se enteró de que Lucas había tenido un accidente de carro.
—¿Qué le pasó? ¿Está bien? —preguntó con preocupación.
Mauro colgó su chamarra y se remangó las mangas antes de responder:
—Se fracturó la pierna, está enyesado. Le esperan al menos dos meses de descanso.
—¿Tan grave fue? —Carolina no pudo evitar sentir una punzada de compasión.
Mauro, por su parte, se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia.
—No pasa nada, el que anda detrás de una mujer tiene que pasarla mal de vez en cuando.
Carolina no pudo aguantar la risa al ver la expresión de Mauro.
—Oye, Mauro, tú ni siquiera me perseguiste y de todos modos me casé contigo. Entonces, según tu lógica, ¿tú no sufriste nada?
En los ojos oscuros de Mauro brilló por un instante una emoción difícil de descifrar. Sus labios se curvaron apenas.
—¿Quién te dijo que no sufrí?
Dicho esto, subió directo al baño.
Carolina ladeó la cabeza, intrigada.
¿Mauro también había tenido que pasar por eso?
De pronto le entró curiosidad por saber cómo había sido Mauro de joven.
Seguro en aquel entonces aún vivía en el extranjero.
...
Ese día, Carolina había aceptado un encargo de la universidad. Al llegar a la entrada, creyó reconocer el carro de Gisela.
¿Será que la abogada también tenía algún pendiente por aquí?
Se acercó y, para su sorpresa, vio a Gisela sujetar del brazo a una joven. No alcanzaba a oír de qué hablaban, pero el ambiente se sentía tenso. De pronto, la chica se zafó bruscamente y Gisela perdió el equilibrio, cayendo al suelo.
La joven dudó unos segundos, pero al final se marchó sin mirar atrás. Se subió a la moto de un hombre y ambos desaparecieron en el tráfico.
Carolina corrió hacia la abogada, preocupada.
—Abogada Gisela, ¿está bien? ¿No se lastimó?
De inmediato revisó que no tuviera heridas graves.
Gisela sonrió con tristeza y negó con la cabeza.
—Estoy bien, solo me raspé un poco.
Carolina, que siempre llevaba toallitas con alcohol, limpió la herida y le puso un curita con sumo cuidado.
—Lo mejor sería que no moje la herida hoy, para evitar que se le infecte. Y no olvide cambiarse el vendaje en casa.
En los ojos de Gisela apareció una sombra de nostalgia.
—Ojalá mi hija fuera tan responsable y atenta como tú.
Carolina se quedó callada, dudando si debía preguntar. Al final, con suavidad, dijo:
—¿La chica de hace rato era su hija?
Gisela asintió despacio.
—Sí. Cuando me divorcié de su papá, él se quedó con la custodia. Cuando cumplió dieciocho, su papá me buscó, preocupado porque al parecer empezó a salir con un tipo que no me da buena espina, y me pidió que intentara hablar con ella.
—Últimamente, la niña anda faltando a clases, anda con ese vago por todos lados. Pero como nunca fuimos cercanas, ni sé cómo acercarme a ella.
Carolina suspiró por dentro. Era una situación complicada.
—¿Ya viste al novio? Tiene tatuajes, fuma, se mete en peleas, corre carreras en moto... todo lo malo lo tiene. Solo le falta meterse cosas raras, y yo ya no sé qué hacer.
Carolina había manejado casos de menores en problemas, y conocía bien el rostro de la angustia en los padres. Nunca imaginó que Gisela, que parecía tener poco más de cuarenta, ya tuviera una hija en la universidad.
Aunque, bueno, la universidad tampoco era de las mejores. Era privada, más bien regular.
—Abogada Gisela, ¿ya le contó esto al jefe? —preguntó Carolina con cautela.
Gisela negó con la cabeza.
Gisela intentó tranquilizarla.
—Hay posibilidades, pero no podemos garantizar nada. Vamos a hacer todo lo posible para reunir más pruebas y defender los derechos de su hija.
Tras despedir a la clienta, Gisela se fue directo a buscar a su hija a la escuela.
Carolina se quedó con un nudo en el pecho.
Al regresar a casa, Mauro la notó cabizbaja.
—Mauro, mejor tengamos un hijo varón —murmuró Carolina después de contarle todo lo que había pasado.
Mauro sonrió, divertido pero con ternura.
—Amor, en este mundo hay de todo. Tanto si tenemos hijo como hija, tarde o temprano se enfrentarán a cosas difíciles. Pero si nuestros hijos crecen junto a nosotros, tal vez sean rebeldes, pero al menos no llegarán a esos extremos.
—Y no te preocupes, si algún día alguien se atreve a lastimar a nuestra hija, no lo dejaré irse tan fácil.
Carolina se quedó sin palabras.
—Está bien que seas firme, pero no vayas a hacer nada ilegal. No quiero tener que defenderte yo en un juicio.
La mejor manera de combatir la ansiedad, pensó Carolina, es cansarse tanto que no te quede tiempo de pensar.
No sabía de dónde Mauro sacaba tantas ideas, siempre lograba sorprenderla.
Al día siguiente, Mauro amaneció con energía, mientras que Carolina sentía que le habían robado hasta las ganas de vivir.
—Amor, ¿tu menstruación no es el día 15? —preguntó Mauro.
Carolina parpadeó, confundida.
—Sí, creo que sí. Hoy es 13, todavía falta.
Mauro lo anotó mentalmente, ilusionado con la posibilidad de que ese mes la regla se atrasara.
Pero para su desilusión, esa misma noche, la menstruación de Carolina llegó antes de lo esperado.

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