—Cuando llegue el momento, ni siquiera vas a tener a quién reclamarle entre lágrimas. ¡No creas que todo esto es mentira!
Carolina miró de reojo a la mujer que no paraba de lanzar comentarios venenosos, y no pudo evitar que una mueca de burla se dibujara en su rostro.
—Marisol, ¿alguna vez te has preguntado cuál es tu verdadero valor? ¿De verdad crees que solo sirves para tener hijos y cuidar a un hombre?
—No tienes tus propios sueños, ni una meta. Todos los días te empeñas en mantener a tu esposo atado a ti, como si el mundo se te fuera en eso. Ves a todas las mujeres como enemigas imaginarias. Pero, ¿alguna vez te has dado cuenta de que los hombres son como arena entre los dedos? Cuanto más intentas retenerlos, más rápido se te escapan.
Tanto las mujeres como los hombres admiran la fuerza. Ambos.
Carolina no estaba maldiciendo a Marisol; simplemente veía claro que ese matrimonio tenía fecha de caducidad. Era cuestión de tiempo.
El rostro de Marisol palideció y luego se sonrojó, como si una bofetada invisible la hubiera alcanzado.
—¡Carolina, lo que pasa es que me tienes envidia!
—Sí, claro, te tengo envidia. Puedes seguir viviendo en tu fantasía de cuento de hadas.
Entonces, Carolina cambió el tono y la miró de frente.
—Pero, Marisol, Pablo ya recibió lo que le correspondía. El siguiente turno, te toca a ti.
Marisol se quedó pálida, como si el alma se le escurriera por los dedos.
—¿Qué... qué piensas hacerme?
Carolina solo sonrió con tranquilidad y se alejó, sin ganas de seguir discutiendo con ella.
Marisol, que ya venía arrastrando remordimientos, se dejó caer en el sillón como si le hubieran quitado la fuerza de las piernas.
¡Ya lo sabe! ¡Ella sabe todo!
Seguro que Carolina se enteró de que Gordito no es hijo de Alexis.
No, Marisol no podía quedarse de brazos cruzados.
No iba a dejar que Carolina le arrebatara la vida que tanto le costó conseguir.
...
Marisol buscó a Zoe, a quien hacía mucho que no veía.
—¡No me pegues, no me pegues! Prometo que me voy a portar bien —dijo Zoe, cubriéndose los oídos y encogiéndose como un animal asustado.
Marisol entrecerró los ojos, cada vez más convencida de que algo muy grave estaba pasando.
Zoe, tranquila, soy yo, Marisol. Soy tu mejor amiga, tu confidente. No tengas miedo, si alguien te hizo algo, cuéntamelo, ¿sí003F
Zoe la miró ahora directo a la cara, con lágrimas escurriéndose por las mejillas.
—Snif... Marisol. Marisol, eres tú...
—Por favor, Marisol, ayúdame, ¿sí?
Marisol, pensativa, se agachó para abrazarla y la tranquilizó con palabras suaves.
—No tengas miedo, aquí estoy. Yo te voy a ayudar, te lo prometo. Zoe, cuéntame, ¿qué te ha pasado últimamente?
Las lágrimas de Zoe fluyeron sin control.
Ella pensó que por fin había llegado su salvación, pero no sabía que, en realidad, solo estaba cayendo en otro abismo.

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