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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 304

Al día siguiente, aún no había amanecido cuando sonó el teléfono del hospital: la abuela había partido.

Carolina se puso ropa negra. Por más que se había preparado mentalmente, todo había sido demasiado rápido.

La familia Ávila ya lo había previsto; todo estaba en orden, cada detalle preparado con anticipación.

La pérdida de dos abuelos en tan poco tiempo dejó a la familia sumida en una nube de tristeza, de la que no lograban salir ni con el paso de los días.

En el velorio, Carolina reconoció un nombre entre las flores que enviaron.

¿Sería coincidencia?

Su primo hermano la observó de pie junto al arreglo floral.

—Carito, ¿qué pasa?

Carolina negó con la cabeza.

—Nada, no es nada.

...

Marisol hizo hasta lo imposible y, al fin, logró que Alexis, medio borracho, pasara la noche con ella.

Alexis se había pasado de copas la noche anterior; al despertar, notó las marcas en el cuerpo de Marisol, evidencias de la pasión.

Se frotó la frente, incómodo.

—Perdón, ¿quieres que te compre medicina?

Marisol se acurrucó, tímida, en el pecho de Alexis.

—Alexis, no me duele. Siempre que esté contigo, lo que sea está bien.

Lo miró con ojos suplicantes.

—¿Te puedes quedar unos días más conmigo?

Alexis ya tenía planeado quedarse una semana, dedicándole todo su tiempo a Marisol.

—Claro, regreso la próxima semana, así que esta semana entera es solo para ti.

Marisol no cabía de la alegría.

Ahí no existía Carolina, ni el tío incómodo, solo ella y Alexis, como si el tiempo hubiese retrocedido seis años y volviera a ser la hermana consentida de Alexis.

Pasaron los siete días y, aunque a Marisol le costaba despegarse, finalmente acompañó a Alexis al aeropuerto.

Él le besó la frente con suavidad.

—Nos vemos, la próxima vez que tenga un rato, vendré a verte.

Para Alexis, esos días también fueron un respiro. Se sintió tranquilo, sin el peso de la familia encima.

Pensó que quizá debería alejarse un poco de la casa, verlos menos, para poder sentirse mejor consigo mismo.

—Elías, a partir de hoy solo le das de comer una vez por comida. Si no quiere, que se quede sin comer.

Se acercó a Pablo y le habló sin rodeos.

—Si vuelves a hacer tus necesidades en cualquier parte, te van a poner una sonda. ¿Te acuerdas de lo feo que fue la última vez? ¿Quieres pasar por eso otra vez?

Pablo apenas atinó a sollozar; su mirada daba vueltas, desbordada de impotencia.

—Bueno, ni modo, solo tienes una hija. La otra sigue en el pueblo trabajando en el campo. ¿Crees que vendría a cuidarte? No lo creo.

Carolina se le quedó viendo con dureza.

—Pablo, fuera de que llevamos la misma sangre, no siento nada por ti. Tenerte aquí es solo para pagar la deuda de que me criaste. Así que más te vale portarte bien y dejar de hacer berrinche. ¿Sabes cuántas personas ni siquiera pueden pagar una habitación como esta?

Se volvió hacia el cuidador.

—Elías, por favor limpia la habitación. Yo ya me voy.

Apenas salió Carolina, el cuidador bufó con alivio.

—¿Oíste lo que dijo tu hija? Así que hoy ni te molestes, no hay cena para ti. Si quieres comer, tendrás que comportarte.

Pablo rompió en llanto, lágrimas corriendo por sus mejillas. En ese instante, un remordimiento profundo le apretó el pecho.

Si tan solo hubiera tratado mejor a su hija en el pasado, tal vez hoy las cosas habrían sido diferentes.

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