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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 303

Mauro imponía tanto con su presencia que uno olvidaba con facilidad que, en realidad, apenas tenía treinta y cuatro años.

Su expresión distante y serena lo hacía parecer un poco mayor, pero lo cierto es que “viejo” era una palabra que no tenía nada que ver con él.

Carolina, que había presenciado muchas de sus facetas menos dignas, solía pensar que tras esa apariencia madura se escondía un niño caprichoso. Pero esa parte, solamente ella la conocía.

—No eres viejo —le dijo Carolina, intentando animarlo.

Mauro asintió apenas, con esa seguridad que le era tan natural.

—Tus dos tíos tienen mala vista, no dejes que se te pegue —bromeó, con una media sonrisa.

...

La preocupación de Carolina por ir al hospital a ver a su abuelo se disipó un poco con las palabras de Mauro, como si él hubiera despejado las nubes que le pesaban en la cabeza.

Pero en cuanto vio al anciano conectado a tantos tubos, esa calma se desvaneció de golpe, y la tristeza la envolvió de nuevo.

Los ojos de Carolina se humedecieron.

No hay nada más doloroso y fuera de nuestro control que la enfermedad y la muerte.

—Carito, no te pongas triste. El mayor deseo del viejo es poder ver a Ofelia una vez más. Perdónanos por este teatro, pero ya en el cielo sabrá lo mucho que te costó hacer esto —le dijo su tío Sergio, con una voz suave y cálida.

Carolina aspiró profundo, conteniendo el llanto que le ardía en la garganta.

—Está bien, tío. Entonces, voy a entrar.

Mauro se adelantó unos pasos.

—Voy contigo.

Pero Carolina negó con la cabeza.

—Déjame entrar sola primero, al ratito puedes pasar tú.

Sergio y su esposa se quedaron afuera. La esposa de Sergio, que había estado todo el tiempo cuidando al abuelo, se sorprendió al ver entrar a Carolina; por un segundo pensó que era su cuñada la que había regresado.

—Se parece tanto... —susurró.

Carolina solo asintió y les regaló una sonrisa antes de cerrar la puerta suavemente.

Se sentó al lado de la cama y tomó la mano arrugada del anciano.

—Papá, Ofelia volvió —dijo con ternura.

El anciano, que había estado dormido, apenas alzó un poco los párpados.

Aunque su cuerpo estaba agotado, sus ojos brillaron de una manera distinta, empañando de vapor la mascarilla de oxígeno al hablar:

—¿Ofelia? ¿De verdad eres Ofelia?

—¿Papá, ya no recuerdas a Ofelia?

El anciano rompió en llanto, y Carolina no pudo evitar llorar también.

—No llores, papá. Perdón por llegar tan tarde. Ponte bien, ¿sí? Te he extrañado mucho.

Carolina, con el corazón apretado, le susurró al oído todas esas palabras que su madre había dejado guardadas en su diario, tratando de aliviar el peso del anciano.

Mauro tenía pensado llevar a Carolina a un hotel, pero Sergio insistió en que se quedaran en la mansión Ávila, así que terminaron instalados en una de las habitaciones de huéspedes.

Ya en la noche, Carolina se acurrucó en el brazo de Mauro.

—Mauro, ¿soy muy débil? —preguntó, con la voz apenas audible.

Se preguntaba cuánto tiempo tendría que pasar para volverse tan fuerte como Mauro, que parecía inamovible pase lo que pase.

Mauro sonrió.

—No lo eres.

—Si te da tristeza, llora. Yo me encargo de limpiarte los mocos.

Carolina lo miró, entre sorprendida y molesta.

Siempre lograba arruinar el momento.

No respondió, solo se quedó callada, perdida en sus pensamientos.

Tal vez un año no sea suficiente, pensó. Quizá en cinco o diez años, aprendería a ser tan serena como Mauro, y ya nada la sacudiría.

Mauro pasó los dedos por su cabello, con ternura.

—Qué tonta —pensó para sí—. Yo también siento alegría, rabia y tristeza.

No siempre lograba mantener la calma, sobre todo cuando se trataba de ella.

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