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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 4

CAPÍTULO 4. La primera orden.

Renzo se giró hacia los hombres que seguían de pie en el oscuro callejón, expectantes, y luego miró a ese que le había llevado la noticia.

—Págales y que se larguen —ordenó con frialdad, señalando a los que habían traído a Moon.

La expresión en su rostro no mostraba ni agradecimiento ni interés. Ellos habían hecho su parte, pero para Renzo no eran más que peones, gente que cumplía con tareas pequeñas por pequeñas recompensas.

Un segundo después Renzo observó a la chiquilla que seguía allí, más inconsciente que dormida contra su pierna. Se agachó y la levantó en brazos con facilidad, notando lo extremadamente liviana que era.

Y Moon, aún envuelta en suciedad, se hundió en la oscuridad de su inconsciencia. No hizo ningún gesto de resistencia ni emitió sonido alguno. Era como si se hubiera rendido completamente, como si al haber encontrado a Il Diávolo, por fin hubiera dejado de luchar.

Renzo se dirigió hacia su coche, un elegante sedán negro que esperaba en una esquina oscura del callejón. Los faros iluminaron bajaron mientras uno de sus hombres le abría la puerta y él subía sin pronunciar palabra. Acomodó a la chica en el asiento trasero, y luego solo dio una orden con tono seco:

—Al hospital.

El conductor asintió y aceleró de inmediato. El viaje fue silencioso, salvo por el suave ronroneo del motor, porque los más cercanos habían aprendido a la primera a hablar lo menos posible cuando él estaba. Renzo se mantuvo mirando por la ventana, con los pensamientos perdidos en recuerdos muy viejos, pero su mirada de vez en cuando volvía a la figura frágil de Moon en el asiento trasero.

Llegaron a aquel hospital privado poco después. No era un lugar común, sino uno de esos hospitales discretos, exclusivos, donde nadie hacía preguntas y donde los pacientes tenían un control absoluto de su privacidad. Una mujer de bata blanca los esperaba en la entrada, una doctora de mediana edad con una mirada segura. Ya había tratado con Renzo antes, y sabía que cuando él llamaba, no se trataba de un caso ordinario.

—La necesito completamente revisada —fue todo lo que Renzo le dijo mientras le entregaba a Moon sobre una camilla—. No puede faltar nada.

—Por supuesto señor Viscontti, la revisaremos y lo llamaré cuando…

—Me quedaré —siseó él sin una gota de emoción.

Y la doctora se ahorró decirle cuánto podía demorar, solo asintió y se llevó a la chica al interior del hospital.

Renzo esperó en el pasillo durante dos largas horas, de pie junto a la ventana, observando la ciudad que empezaba a despertar bajo el cielo aún oscuro. Su paciencia era infinita a veces, y aunque no le gustaba perder el tiempo, sabía que era necesario. Moon estaba dañada, de eso no había duda, pero quería saber cuán profundo era ese daño.

Finalmente, la doctora salió, cerrando la puerta de la sala de examen tras de sí. Se acercó a Renzo, y mantuvo su misma postura calmada de siempre.

—Está desnutrida, es posible que no haya comido bien en meses. Tiene una infección respiratoria leve, con los antibióticos correctos la superará —dijo y luego apretó los labios, pero sabía que aquel cliente no era de andarse con rodeos—. No hay evidencias de penetración forzada, pero sabemos que es no es la única forma de abuso sexual. Tiene marcas de correas en las muñecas y en los tobillos, así que es evidente que la han tenido atada durante algún tiempo; y también tiene marcas de golpes, por la forma, probablemente un cinturón. Puede esperar crisis de ansiedad, terrores nocturnos, depresión o algún desorden peor, y sobre todo muchos gritos. Cosas como esta no se superan con facilidad.

Renzo no respondió. No era necesario. Su rostro permanecía inmutable, pero algo en sus ojos oscuros parecía endurecerse más.

CAPÍTULO 4. La primera orden. 1

CAPÍTULO 4. La primera orden. 2

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