CAPÍTULO 3. Moon
La chica levantó la cabeza con lentitud, y a pesar de lo sucia y demacrada que estaba, sus ojos brillaban tan intensamente que contrastaba con su fragilidad.
El hombre frente a ella no era viejo, pero definitivamente había algo terrible en él. Su mirada era fría y anciana, cansada y resuelta como si hubiera vivido muchas vidas y estuviera harto de todas ellas. Era alto y bajo el traje caro podían adivinarse sus músculos y su fuerza.
Así que ella no pudo hacer otra cosa que observar a Renzo como si estuviera ante un monstruo, algo inmenso y aterrador, pero no derramó ni una sola lágrima. No tembló. Había en su expresión una firmeza inusual, aunque estaba visiblemente destrozada.
—Si eres Il Diávolo —respondió con una voz apenas audible—, entonces yo soy tuya.
Renzo arqueó una ceja llena de sarcasmo, pero era demasiado evidente que había algo en el tono de la chica que lo desconcertaba. ¿Era odio, quizás, lo que había en sus ojos?
Se quedó en silencio unos segundos, analizándola, hasta que ella metió una mano temblorosa en el bolsillo de su chaqueta sucia y sacó un pequeño recorte de periódico arrugado. Lo estiró con cuidado, como si fuera lo más valioso que tenía, y se lo tendió a Renzo.
Este, aún agachado, tomó el papel y lo miró detenidamente. La imagen a todo color era la de un hombre en traje, de pie ante un podio, sonriendo con la arrogancia típica de los políticos. Renzo lo reconoció de inmediato. Era Edward Ashford, recién electo Primer Ministro del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, jefe del Gobierno de Su Majestad.
Renzo bufó con una mezcla de sorpresa y diversión cruzando su rostro.
—Este es un pez muy gordo, especialmente para una mocosa como tú. ¿De verdad quieres que mate a este hombre? —preguntó, sin levantar la vista del recorte—. Ese es un tipo muy importante.
Pero para su sorpresa la chiquilla no vaciló.
—Me dijeron que nadie era demasiado importante para Il Diávolo —replicó con una frialdad estremecedora—. Me dijeron que nadie era demasiado grande, demasiado poderoso, o demasiado peligroso para Il Diávolo, si uno podía pagar el precio correcto. ¿Me mintieron?
Aquella respuesta hizo que Renzo la mirara a los ojos otra vez. Estaba acostumbrado a la gente que llegaba a él temblando, rogando, suplicando por un favor, pero ella no parecía asustada. No lo suficiente.
—Eres una cría —dijo Renzo entre dientes—. Así que la pregunta correcta es: ¿puedes pagar el precio correcto? ¿Cómo piensas exactamente pagarme por matar a alguien así?
Ella tragó saliva y sus labios temblaron, pero no por miedo. Era evidente que estaba al borde de colapsar físicamente, pero su instinto de supervivencia era mayor. Desde el primer minuto había sabido que no tenía con qué pagar, pero Felicia le había dicho que a él no le interesaba el dinero.
—No tengo nada —respondió con sinceridad—. Solo a mí misma.
Renzo alzó las cejas, incrédulo; y se inclinó un poco más cerca, observando cada uno de sus rasgos como si intentara descifrarla.
—¿A ti misma? —repitió como si por una vez en su vida le fuera imposible entender una oración simple—. ¿Quieres decir… como una esclava o algo así? ¿De verdad crees que eso me interesa?
—Es lo único que tengo —insistió ella—. Mi palabra, mi lealtad… mi vida.
Por un momento, Renzo no supo qué responder. Aquellas palabras eran extrañas en la boca de cualquier ser humano, mucho más en la de ella. Ni siquiera los hombres que venían a él eran tan firmes, ni siquiera los criminales más endurecidos. Aquella chica estaba tan rota que no se le podía salvar ya, y lo sabía porque a él tampoco se le podía salvar.



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