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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 81

CAPÍTULO 81. En casa

El avión privado aterrizó suavemente en la pista de aquel aeropuerto en Italia. Moon miró por la ventana, observando el paisaje familiar, sabiendo que llegaban justo a tiempo para ver el sol de la tarde bañando los viñedos. Renzo le apretó la mano con un gesto cálido y tranquilo y ella sintió por primera vez en toda su vida que los días que vendrías solo serían buenos.

—Estamos en casa, amor —lo escuchó decir y algo dentro de ella floreció.

Moon sonrió y apoyó su cabeza en su hombro.

—Todavía no quiero ir a casa, porque sé que cuando nos encerremos ahí todo lo demás se nos va a olvidar, y todavía tenemos un asunto pendiente —le recordó.

—Cierto. A la casa de Aurelio, entonces —sentenció él dirigiéndose al chofer, y enseguida salieron hacia allá.

Al llegar a la mansión se encontraron con la noticia de que Renzo estaba de viaje, pero la casa estaba, por supuesto, muy animada. Las niñas corrieron hacia Moon apenas la vieron entrar, abrazándola con fuerza mientras reían y lloraban al mismo tiempo.

La doctora Eyra y el padre Abraham se acercaron a ellos con más calma, aunque sus rostros reflejaban la misma alegría.

—¡Moon! —exclamó Eyra, abrazándola con fuerza—. Estábamos tan preocupados. ¿Están bien?

La muchacha asintió, sonriendo ampliamente mientras cargaba a una de las chiquillas.

—Estoy bien, Eyra. Más que bien.

—Estuvimos siguiendo las noticias en los canales de Londres. Al parecer el Primer Ministro escapó del país después de que se descubriera que participaba en la trata y… bueno, todo lo demás —le dijo la doctora y Moon asintió.

—Sí, parece que escapó. Pero no pienses en eso, ya se encargarán las autoridades de atraparlo.

Y nadie tenía que decir en voz alta que nadie volvería a encontrar aquel hombre nunca más.

—¿Y ustedes? —les preguntó Moon y Eyra miró a las niñas con un poco de preocupación.

—Las chicas están bien. Estamos haciendo todo lo posible por encontrar a sus familias. Ya hemos localizado a algunos, pero... —su voz se quebró un poco—, algunas no tienen a dónde regresar.

Moon bajó la mirada un momento, procesando esas palabras y todo lo que significaban, porque ella también se había encontrado un día sin tener quién la amparara. Pero Renzo, que había permanecido en silencio, se adelantó sacando de su bolsillo un estuche pequeño.

—Entonces qué bueno que conservamos esto.

Todos lo miraron con curiosidad mientras Renzo abría el estuche lentamente, revelando un disco duro.

—Este era el banco personal de Edward Ashford —dijo con tono firme—. Aquí dentro hay suficiente dinero para financiar una organización de ayuda para estas niñas y todas las que lleguen. Les dará una oportunidad real de reunirse con sus familias o de tener un futuro.

Eyra parpadeó, sorprendida.

—¿Estás diciendo que podemos usar este dinero para… para ayudarle ayudarlas? Porque el trabajo puede ser… gigantesco.

—Tan grande como sea necesario —advirtió el italiano—. Puedes contratar desde equipos de investigación o de intervención hasta financiar los estudios de miles de niños. Solo les pido que se hagan cargo ustedes mismos. Porque aunque siempre tendrán el respaldo de Il Diávolo para protegerlas, esta organización será independiente. Podrán ofrecer refugio, educación y seguridad a quienes lo necesiten.

El padre Abraham cerró los ojos por un segundo, como si estuviera rezando y agradeciendo por aquella bendición en medio del caos, y Moon se giró hacia Eyra y le sonrió.

—Podemos hacer esto juntas. ¿Qué dices?

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