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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 82

UN FINAL BREVE ANTES DE UN COMIENZO TORMENTOSO

El amanecer entraba por las ventanas mientras Renzo esbozaba una sonrisa suave y coqueta, porque podía sentir el peso de Moon sobre su cuerpo. Escuchaba el suave murmullo de su respiración, y sentía las pequeñas mordidas que dejaba sobre su piel. Si abrir los ojos delineó su espalda desnuda, pasando sobre sus nalgas y apretándolas.

—Golosa.

—No sé de qué hablas…

Moon sonrió contra su piel, sentía su pecho subiendo y bajando rítmicamente bajo su boca. El calor de su cuerpo y la seguridad de sus brazos la envolvían por completo y no podía imaginar nada mejor que aquello.

—Buenos días, nena —murmuró Renzo con voz ronca, abriendo los ojos y besándole la frente.

Moon sonrió, apretándose más contra él.

—Buenos días. —Se quedó en silencio unos momentos, cruzando las manos bajo la barbilla mientras lo miraba desperezarse poco a poco—. ¿Cómo va a ser nuestra vida ahora? —le preguntó de repente y Renzo suspiró, pensativo.

—Il Diávolo nunca desaparecerá, Moon. Siempre habrá negocios, enemigos, operaciones... Pero la diferencia es que ahora estamos juntos. Y eso lo cambia todo.

Moon se movió un poco para mirarlo directamente a los ojos.

—¿Eso significa que finalmente me cederás tu lado de la cama? —bromeó, con una sonrisa traviesa y él negó de inmediato.

—¡Ni lo sueñes! Además, no lo necesitas, puedes dormir sobre mí.

Sus manos fueron a sus caderas, moviéndola a gusto para sentir el calor de su sexo sobre su miembro y la escuchó gemir despacio.

—¿Sabes qué? Voy a hacer algo más drástico que cederte mi lado de la cama.

Antes de que ella pudiera curiosear, Renzo se inclinó hacia la mesita de noche y sacó una pequeña caja. La abrió u Moon se quedó muda viendo lo que pretendía.

—Renzo ¿Qué…? ¿Qué haces?

Él le tomó la mano y deslizó un anillo en su dedo. Era una alianza delicada pero sólida, con un diseño intrincado que brillaba en la luz de la mañana, terriblemente hermosa. Luego, tomó otro anillo y lo puso en su propio dedo.

—Listo. Ahora eres mi esposa.

Moon lo miró, sorprendida mientras intentaba articular alguna palabra, porque ya sabía que Renzo Viscontti estaba loco de remate pero aquello era pasarse mucho.

—¿Cómo que soy tu esposa? ¿Yo cuándo dije que sí y…? ¡¿Y con qué poder acabas de casarnos?!

Pero toda la respuesta que obtuvo fue al italiano dándole una vuelta brusca sobre la cama para quedar sobre su cuerpo y meterse entre sus piernas.

—No hay nadie en Italia con más poder que yo, nena. Pero si quieres algo más formal, le pedimos al padrecito Abraham que lo haga oficial —susurró mientras su boca bajaba por su cuerpo, haciéndolo arquearse contra él—. Y por cierto, tú siempre me vas a decir que sí…

Si el placer no la hubiera hecho cerrar los ojos seguramente Moon se los hubiera puesto en blanco, pero al final sabía que tenía razón.

—No hace falta. Igual ya soy tuya…

Y lo era… y lo fue… otra vez… muchas veces…

Tres horas después, cuando milagrosamente habían logrado salir de la cama, el sonido insistente del celular de Renzo lo interrumpió en la ducha. Moon lo escuchó y, tras un momento, vio a Renzo salir del baño con el cabello mojado y una toalla atada a la cintura. Contestó la llamada con un gesto de impaciencia, pero pronto su expresión cambió a una mezcla de interés y emoción contenida.

—Hmm... Sí, justo a tiempo —dijo Renzo, mientras Moon lo observaba desde la ducha—. Perfecto. Estaré allí lo antes posible.

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