CAPÍTULO 79. ¿Estás segura de que quieres saberlo?
El trayecto de vuelta a la villa fue silencioso. Moon miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos, mientras las luces de los pueblitos aparecían y se desvanecían a los lados de la carretera.
Sin embargo todavía tenía algunas preguntas, porque era imposible negar que El Gran Tigre la había impresionado.
—¿Cómo haces eso? —preguntó en voz baja, casi como si no quisiera romper la calma del momento—. Quiero decir… he estado a tu lado cinco años y no sabía… no sabía que tenías este… convenio.
Renzo se encogió de hombros mientras cerraba la puerta tras ellos y tiraba de su mano lentamente hacia un espacioso cuarto de baño.
—Hace mucho tiempo me di cuenta de que hay personas para las que la muerte sería demasiado amable. —Se acercó a ella y sus manos cálidas rozaron sus mejillas—. Para tipos como Ashford, la vida debe convertirse en su peor pesadilla, una bala en la cabeza no basta.
Moon asintió lentamente, comprendiendo que a pesar de lo rígido que era para la mayoría de las cosas, Renzo tenía una imaginación peligrosa y difícil de igualar.
De lo que no cabía ninguna duda era de que Edward Ashford viviría muchos, muchos años, y que querría morir cada día de cada uno de ellos.
Moon abrió el grifo y el agua tibia comenzó a correr.
La ducha de la villa era espaciosa, con paredes de cristal que dejaban ver un paisaje de montañas y selva en la distancia.
Se desnudaron despacio el uno al otro y se metieron bajo el agua, dejando que limpiara los restos del día. Renzo tomó un jabón y comenzó a lavar con cuidado el cuerpo de Moon, sus manos se movían con delicadeza, como si quisiera borrar cualquier rastro de oscuridad que aún quedara en ella. Y Moon hizo lo mismo, deslizando sus manos por su pecho y sus brazos, deteniéndose en sus manos, ahora limpias de sangre.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él, su voz suave.
—Sí —susurró ella, apoyando su cabeza en su pecho—. Solo necesito una dosis de contención para que olvidarlo todo.
Lo sintió sonreír contra su cabello mientras sus músculos se tensaban, y solo un segundo después su boca la devoraba como si fuera lo mejor que había probado en el mundo. Por la casa se esparcieron ahora gritos muy diferentes, y cuando la madrugada llegó, Moon se acurrucó contra Renzo en la cama, envueltos solo en una fina sábana.
Frente a ellos, el cielo nocturno se desplegaba en un espectáculo de estrellas, pero aquella paz solo le recordó que todavía cosas… demasiadas cosas que no sabía. El problema era que no estaba segura de que el italiano quisiera compartirlas, incluso con ella.
—¿Qué viene mañana? —preguntó ella girando la cabeza para mirarlo y Renzo se encogió de hombros.

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