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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 419

Los niños no se imaginaban lo que estaba pasando entre Daniel y Victoria, pero antes de que Daniel diera la orden de dejarlos atrás Camille, Mathis y Eduardo no supieron quedarse quietos.

—La señora Victoria dijo que se iba a quedar con nosotros —murmuró Eduardo, limpiándose la cara con la manga—. Ella no se iría sin decirnos así que no va ser una buena idea si intentamos salir antes de que ella regrese.

Camille negó enseguida, porque aquello era algo que sí sabía.

—Ella no se fue porque quiso, pero si esperamos aquí tampoco vamos a saber dónde está, ese hombre con quien esta es muy malo.

Mathis se levantó y volvió a intentar abrir la puerta, aunque después de varios esfuerzos entendió que seguía cerrada desde afuera.

—No podemos salir.

Camille recorrió la habitación con la mirada hasta detenerse en la ventana, que estaba situada por encima de un mueble bajo y parecía más grande de lo que habían notado al entrar.

—Por ahí sí.

Mathis se acercó y levantó la cabeza.

—Está muy alta.

—Si subimos la silla encima de ese mueble podemos llegar.

—Eso se va a caer.

—Entonces la sostenemos.

Eduardo miró alternativamente a los dos hermanos y terminó acercándose.

—Yo puedo ayudar.

Entre los tres arrastraron primero el mueble hasta quedar debajo de la ventana, intentando no hacer demasiado ruido, y después colocaron una de las sillas encima, aunque Camille tuvo que moverla varias veces hasta asegurarse de que no tambaleara demasiado.

Mathis seguía mirando la improvisada escalera con poca confianza.

—Mamá se va a enojar si nos subimos ahí.

—Mamá se va a enojar más si nos quedamos encerrados esperando al señor malo.

Aquella lógica pareció suficiente para que Mathis dejara de discutir. Camille subió primero, apoyándose con cuidado en el respaldo de la silla hasta alcanzar la manija de la ventana, y después de varios intentos consiguió abrirla lo suficiente para sacar la cabeza.

Del otro lado había una franja de césped y, más allá, una zona donde estaban estacionados varios vehículos.

—No está tan alto de afuera —susurró mientras volvía a mirar hacia abajo—. Podemos salir.

Mathis todavía no parecía convencido.

—¿Y si nos ven?

—Nos escondemos.

Eduardo levantó una mano como si estuviera en clase.

—Yo sé esconderme.

Camille estuvo a punto de sonreír, aunque volvió a concentrarse en abrir un poco más la ventana antes de sacar primero una pierna y después la otra, hasta quedar sentada en el borde exterior.

—Cuando yo baje, ustedes hacen lo mismo.

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