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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 386

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

Adrián bajó la mirada hacia los dedos de Victoria alrededor de su corbata y después volvió a sus ojos, como si considerara seriamente todas las respuestas que habría dado tiempo atrás antes de elegir una que, para sorpresa de ambos, resultaba mucho menos dramática.

—Probablemente odiarlo en silencio durante los próximos veinte años, recordando su cara cada vez que alguien mencione esta empresa.

Victoria soltó una risa que llenó el elevador y tiró suavemente de la tela para acercarlo, porque aquellos celos ya no despertaban la sensación de estar entrando otra vez en una jaula donde cada decisión terminaba convertida en una batalla. Adrián seguía sintiendo exactamente lo mismo, pero ahora parecía comprender que la emoción le pertenecía a él y no podía transformarla en una prohibición para ella.

—Eso suena sorprendentemente civilizado.

—No te acostumbres demasiado, porque todavía estoy aprendiendo.

Victoria lo besó antes de que pudiera agregar algo, y Adrián respondió con una mano en su cintura y la otra apoyada junto a su cabeza, procurando no acercarla con demasiada fuerza por el embarazo, aunque la intensidad con la que devolvió el beso dejó claro que el autocontrol tenía límites.

Cuando se separaron, él mantuvo la frente contra la suya.

—Quiero recordarte que sigo siendo perfectamente capaz de comportarme de una manera muy poco civilizada cuando decides provocarme.

Victoria sonrió mientras soltaba lentamente su corbata.

—Precisamente por eso te besé.

Horas después, regresaron a la mansión y encontraron a Clara y Eduardo ayudando a Camille y Mathis con una tarea sobre reglas familiares que había terminado convirtiéndose en una conversación mucho más íntima.

—La regla principal debería ser que nadie tenga que volver al hospital —declaró Camille con absoluta seriedad mientras subrayaba una frase.

Eduardo la miró durante unos segundos antes de responder.

—Ojalá pudiera prometerte algo así, pero hay lugares a los que uno regresa aunque no quiera, y yo todavía tengo miedo de hacerlo.

Mathis dejó el lápiz sobre la mesa.

—¿Tú también tienes miedo?

Eduardo asintió y explicó que los adultos también podían tener miedo, aunque eso no significaba permitir que decidiera por ellos.

—A mí me da miedo que los adultos se vayan y no regresen, porque siempre dicen que vuelven pronto, pero nadie sabe cuánto es pronto.

Victoria se detuvo detrás del sofá, conmovida por la naturalidad con la que Mathis había dicho algo que probablemente llevaba semanas pensando.

Camille giró de inmediato hacia otra hoja.

—Entonces podemos hacer otra regla, una donde todos tengan que escribir a qué hora van a regresar y, si cambian de horario, deben avisar antes; también podemos poner lugares permitidos y teléfonos para saber dónde están.

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