Comparando ambas situaciones, Valeria sintió que sus aliadas eran unas completas inútiles.
Pero lo que más la sorprendió fue que Diego también había quedado atrapado en ese fango. La opinión pública lo había devorado; no solo le quitaron el título de presidente de la Cámara de Comercio de Solsepia, sino que, de seguir así, su puesto como presidente del Grupo Muñoz estaba colgando de un hilo.
Valeria hervía de rabia y ansiedad.
Jamás imaginó que, tras una semana de encierro, su equipo de amigas habría sido aniquilado casi por completo.
Viajó a Solsepia esa misma noche, reunió a los hijos de papi que habían estado en la fiesta y ya estaban libres, y finalmente entendió qué diablos había pasado.
Al mismo tiempo, comprendió mejor que nadie la impotencia y desesperación que Diego sentía en ese momento... y esa era la oportunidad de oro para meterse en su corazón y hacerlo suyo.
Bajo los efectos del alcohol, Valeria tocó a su puerta.
Allí estaba, parada en la entrada, con un vestido largo de tirantes negros. Uno de los tirantes se le había resbalado provocativamente por el hombro.
Clavó la mirada en Diego, sus ojos bajando descaradamente hacia el abdomen perfectamente marcado y los pectorales firmes que asomaban por su ropa.
Diego también había tomado de más. Tenía el rostro sonrojado y, al abrir la puerta, estaba tan convencido de que era Amaya que no había tomado ninguna precaución.
Llevaba la bata negra abierta de par en par, revelando nada más que ropa interior fina. Su pecho y su abdomen marcado quedaban expuestos sin pudor ante Valeria.
Al notar la mirada devoradora de la mujer, Diego reaccionó por instinto y trató de cerrarse la bata, pero ya era tarde.
Lo que se tenía que ver, ya se había visto.
Al segundo siguiente, Valeria ya no pudo contenerse. Aprovechando su embriaguez, se lanzó directo a sus brazos.
—Diego... sé lo mal que la estás pasando, así que... vine desde Santa Lucía solo para estar contigo.

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