Diego se quedó boquiabierto, señalando a Eva con el dedo tembloroso.
—¿Qué? ¡Hasta tú... tú también me traicionas!
Eva entrecerró los ojos, con total tranquilidad.
—Señor, no me queda de otra. Mi hijo ya creció y se va a casar. Cuando se case, tendrán hijos, y cuando tengan hijos, yo tendré que ayudarlos a cuidarlos. Le pido que me entienda.
Eva lo pensó un segundo y aprovechó para darle la estocada final.
—En mi pueblo, todos los mayores hacemos lo mismo. Cuando los jóvenes se casan y tienen bebés, los apoyamos en todo. Ayudamos a la nuera en su recuperación del parto y le cuidamos a la criatura... Por eso, la forma en que su familia hace las cosas, a decir verdad, ni yo que soy una simple empleada la entiendo.
—Si yo tuviera una nuera tan trabajadora y capaz, la querría más que a mi propia hija. Le cuidaría al niño de mil amores para que ella pudiera trabajar sin ninguna preocupación.
Tras soltar todo eso, Eva dio media vuelta y se metió a la cocina, dejando a Diego pasmado en su lugar.
Sentado a la mesa del comedor, Diego sintió una presión en el pecho, como si alguien le hubiera clavado una flecha de hielo directo al corazón.
¿De verdad su familia era vista como unos monstruos a los ojos de los demás?
¿Hasta una mujer humilde de pueblo como Eva criticaba su forma de actuar?
Diego sintió que le faltaba el aire. De pronto, el vino que tenía enfrente le supo tan amargo que le costó tragarlo.
Especialmente aquellas cosas que Eva había soltado como si nada; esas palabras se le habían quedado atoradas en la garganta.
En los últimos años, siempre había sido Amaya quien iba tras él, aprendiendo de él cómo moverse en el mundo de los negocios.
¿Cómo es que ahora resultaba que era Amaya quien le limpiaba los desastres a escondidas?

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