Miró a la arrogante Melina a su lado y, por primera vez, sintió un profundo asco por su hermana. ¿Cómo podía ser más estúpida e inútil que Vera?
¡Había aceptado la apuesta demasiado rápido, cavando su propia tumba!
Ahora, el enfrentamiento se había convertido en una guerra a cuatro bandas entre la familia Muñoz, la familia Ramos, Amaya y su madre, y la familia Ortega.
Y la condición de Amaya era brutal: ¡había puesto en juego la reputación filantrópica que la familia Muñoz había construido durante años!
La flecha ya estaba en el arco y no había forma de detenerla.
Diego cerró los ojos. Su corazón latía desbocado y estaba a punto de hablar para ganar tiempo.
Justo en ese momento, Vera, que ya estaba al borde del colapso, soltó un grito desgarrador.
Como una loca, se abalanzó sobre Diego frente a todos y se aferró a su cuello con desesperación.
—¡Vera! ¿Te has vuelto loca? ¡¿Qué haces frente a toda esta gente?! —exclamó Diego con el rostro lívido, empujándola con todas sus fuerzas.
Pero justo entonces, Vera se acercó a su oído y, con una voz temblorosa, cargada de terror y llanto, susurró:
—Diego... no puedes aceptar. Ese informe... es falso. Lo falsifiqué yo.
¡Boom!
Esa frase estalló en la mente de Diego como un relámpago en un cielo despejado.
Sus pupilas temblaron. Agarró a Vera por los hombros y la miró con una mezcla de incredulidad y una furia descomunal.
—¿Q-Qué dijiste?
Vera miró a Diego a los ojos, sintiéndose más acorralada que nunca. Incapaz de sostenerle la mirada, solo pudo repetir, temblando de pies a cabeza:
—Perdón... yo... tenía miedo de perderte, así que...
El corazón de Diego se detuvo por completo en ese instante.
Empujó a Vera con tanta violencia que la tiró al suelo. Retrocedió tambaleándose, con el rostro desencajado por el pánico, la confusión y la furia de saberse engañado.

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