El hombre era nada menos que Romeo Ortega.
Llevaba un impecable traje gris oscuro. Su rostro, por lo general sereno, ahora se veía sombrío, muy distinto a la imagen amable y cálida que solía proyectar.
A medio paso de distancia, se encontraba el director Ramos, una figura de máximo respeto en los círculos políticos y empresariales de Solsepia.
El director Ramos tenía el rostro pálido de rabia. Con una mirada afilada como la de un halcón, clavó sus ojos en Vera, Diego y los demás.
Sin importarle los murmullos de asombro a su alrededor, Romeo mostró los dos informes de paternidad a la vista de todos.
—El primer informe es la prueba de paternidad entre el hijo de mi exesposa, Vera Ramos, y yo. El resultado excluye cualquier parentesco biológico.
Romeo abrió la segunda carpeta y elevó el tono de voz:
—El segundo informe es la prueba de paternidad entre la hija de Amaya Ibarra y Diego Muñoz. El resultado confirma que Diego Muñoz es el padre biológico de la niña.
—Hoy le pedí especialmente al director Ramos que me acompañara para certificar que estos dos informes son absolutamente reales y no han sido manipulados.
El director Ramos dio un paso al frente. Con ojos llameantes y una voz grave y poderosa, impuso una autoridad incuestionable:
—Todo lo que ha dicho el señor Ortega es verdad.
—Mi presencia aquí esta noche no es casualidad. Recibimos una denuncia de que en esta gala benéfica alguien intentó falsificar un informe de paternidad con la intención de incriminar a otra persona y alterar el orden público.
—¡Este acto constituye un delito de falsificación de documentos oficiales y difamación según el código penal, y su gravedad es extrema!
—Además, en cuanto a las serias irregularidades en las cuentas de la caridad, y el comportamiento de quienes usaron este evento para causar disturbios y difamar maliciosamente a terceros, mis colegas ya están esperando afuera. En un momento, intervendrán para investigar todo en conjunto.
—Si hay algo que detesto en esta vida son los estafadores y los hipócritas. Hoy, no solo he venido a testificar a favor del señor Ortega, sino a demostrarles a todos que la ley no se pisotea. ¡La justicia puede tardar, pero nunca falla!
Las palabras del director Ramos dejaron el salón sumido en un silencio sepulcral.
Romeo endureció aún más su tono de voz:

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