—¡Ah!
Sonó un grito desgarrador.
Sonia Ponce no esperaba recibir una patada tan brutal. Su cuerpo fue arrojado hacia adelante de manera humillante, y si no hubiera apoyado las manos en el suelo por puro instinto, casi habría terminado arrodillada suplicando frente a todos.
Amaya Ibarra retiró la pierna con una lentitud amenazante. Su mirada era de hielo, y el aura imponente que desprendía obligó a las señoras de la alta sociedad, que miraban el espectáculo, a dar un paso atrás por puro instinto.
Y ahí estaba Sonia Ponce. En su rostro, tan meticulosamente cuidado, ahora resaltaba la marca roja y profunda de un tacón. La piel se le había hundido al instante, dándole un aspecto tan cómico como aterrador.
Se cubrió el rostro, queriendo morirse de vergüenza y rabia. Justo cuando iba a darse la vuelta para contraatacar, una figura se interpuso para proteger a Amaya.
Era Beatriz Ibarra.
Su mirada cortaba como un cuchillo, cargada con la ferocidad de alguien que había sobrevivido a lo peor de la vida. Clavó sus ojos en Sonia con una fiereza tan visceral que esta última no se atrevió a sostenerle la mirada, tragándose de golpe los insultos que estaba a punto de escupir.
—¡Nos están atacando! ¡Qué atrevimiento!
Josefa Ponce tardó un par de segundos en reaccionar. Empezó a chillar, desquiciada, intentando ocultar su miedo con el volumen de su voz:
—¡Ayuda! ¡Están causando problemas en público! ¡Seguridad! ¡Atrápenlas a todas!
Ante la orden de Josefa, varios guardaespaldas irrumpieron de inmediato y se prepararon para someterlas.
—¡A ver quién se atreve!
El grito de Ximena Chávez fue como un trueno que hizo zumbar los oídos de todos los presentes.
Dio un paso al frente, irradiando una autoridad aplastante que borró por completo su habitual imagen de profesora dulce y serena.
—Cualquiera que intente detenernos hoy se estará ganando a toda la familia Ortega como enemiga. Si me provocan, me aseguraré de que no les quede un solo lugar donde esconderse en todo Solsepia.
Su mirada ardía, repasando fríamente a la multitud, y cada palabra que pronunciaba caía con un peso absoluto:
—¿Creen que por mantener un perfil bajo pueden pisotearme? ¡Les sugiero a todas las señoras presentes que midan bien cuál es la verdadera posición de la familia Ortega en Solsepia!
—Hoy vine a ajustar cuentas de una vez por todas con la familia Muñoz y la familia Ramos. ¡Las que tengan cerebro, elijan un bando ahora mismo! O están con los Muñoz y los Ramos, o están con mi familia Ortega. ¡Les doy la oportunidad de decidir en este preciso instante!
Ximena Chávez había estallado.

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