Josefa y Sonia se quedaron de piedra.
Jamás, ni en sus peores pesadillas, imaginaron que Ximena no solo aparecería, sino que además llegaría del brazo de Amaya y su madre.
Ver a Amaya sosteniendo a las dos mujeres con tal nivel de confianza hizo que las hermanas pasaran de la sorpresa a una furia incontenible.
Pero antes de que pudieran articular una sola palabra, alguien se les adelantó y corrió directamente hacia donde estaban Amaya y Ximena.
Era Vera.
Al ver a Amaya tan unida a su ex suegra, Vera perdió por completo los estribos.
Señaló a Amaya con el dedo, temblando de histeria.
—¡Amaya, tú... no tienes vergüenza!
—¡¿Con qué derecho te atreves a tomarla del brazo?! Aún ni siquiera firmas el divorcio definitivo con Diego y ya estás moviendo la cola para adular a la familia Ortega... ¡para adularla a ella!
El pecho de Vera ardía en celos y resentimiento.
Al recordar lo fría y distante que Ximena había sido siempre con ella, y ver ahora la complicidad que compartía con Amaya, el dolor fue insoportable.
¿Acaso Ximena realmente aceptaba a Amaya de esa manera?
¿No le importaba el estatus de Amaya, ni que tuviera una hija?
¿Cómo podían verse tan unidas?
El cóctel de inseguridad y rabia acumulada de Vera llegó a su punto de ebullición.
Amaya levantó la mirada y la observó con total desdén, manteniendo una calma sepulcral.
Pero antes de que Amaya pudiera responder, Ximena fue más rápida. Agarró con fuerza el dedo acusador de Vera.
¡Lo dobló hacia atrás!
¡Y la empujó sin contemplaciones!
Fue un movimiento rápido, preciso y letal, cargado de pura ira y agresividad.
Vera soltó un alarido de dolor que resonó por todo el salón.
Intentó retirar la mano por instinto, pero Ximena la sujetó como si fuera una prensa de hierro, mirándola con fuego en los ojos.

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